Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

¿Quién comprende...?

¿Quién comprende...?

Para mi vida y mi alma, nada es más importante que aquello de lo que he venido hablando hasta ahora. El dulce Dios se convierte a través de todo ello en fiel amigo mío y sigue siéndolo aun en las situaciones más incomprensibles.

Y a su influjo, se mudan las turbulencias de la vida en grandes fábulas. ¿Qué puede haber más intenso que existir como ser humano que he venido a "ser" en medio de la gran creación?

El vasto horizonte me causa inmensa impresión: el viejo y perenne anhelo de fundirme con el pecho de Dios, hermanando mi bizantina vida con su grandeza.

¡Quiero ser libre para la existencia de mares y montañas, de nubes y árboles! Bañarme en las bravas aguas del ancho mar como una bautizada.

El mar. Si el mar. Con sus fuscos rugidos y su intrépido oleaje. Todo me ata al mar y a las montañas. A las flores y a las criaturas.

Quiero recorrer este mundo en todas sus direcciones. Por cielo, por mar, por aire y tierra y trabar amistad con todas las criaturas vivas. Así departir libremente con los hombres mientras miro las queridas nubes que como grises pájaros atraviesan el horizonte, siempre huyendo.

¿Quién comprende a Dios fuera de la naturaleza? ¿Qué sienten los demás cuándo el viento agita una rama, cuando el sol brilla en una gota del rocío en la mañana, cuando el ruiseñor canta sin cesar entre el ruido del mundo que le aplasta? Todo ello espera sumergido en la quietud del lenguaje primitivo y hondo a ser advertido y tornarse amor a ojos del que con mirar comprende.

¿Quién escucha el absoluto canto de la creación con su oído? ¿Quién advierte cuanto amor, cuanta candorosidad e inocencia esconde el trepar de una pequeña y por nosotros tan temida araña?

¡Que grande el anhelo de San Francisco, interpretando la existencia en nuestra tierra, de acuerdo todo con su amor a Dios, hermanándole con los elementos, con las criaturas, la lluvia y el viento!

Que pobres esas pobres palabras mías que no saben hablar sino con límites del fraterno amor de la Naturaleza, de las fuentes de alegría de toda vida.

Quisiera saber hablar con las palabras poderosas y pujantes de las colinas; el lenguaje de lo sencillo y limpio, el silbar de los rápidos vientos. Así mi amor, verdadero amor, es el del andar de las nubes, blandas y tranquilas como las almas de los recién surgidos. Es el ronroneo de un gato y el croar de un sapo. Es la siembra de la patata y el estornudar del aire. Esta clase de amor no venda los ojos; los libera. Los aclara.

Amar. Amar quisiera como ama la Natura. Y rechazar el reducido amor de los hombres, que tarde o temprano sólo acaba atormentando a los que se rinden a él.

(Sub umbra floreo: c.bürk)

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