Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

La flor de lodo (Relato).



El sentido de la existencia ha querido ser explicado por tantos y tantos hombres, que una pierde la cuenta al tratar de enumerarlos. Puede que en la siguiente historia yo me convierta en una más, tratando de saber por qué razón el hombre vive y respira. O qué le impulsa a actuar de tal o cual manera; si no es quizás el simple miedo a morir lo que le hace implacable y muy poco útil...

Muchas veces, el afán de nuestra especie por no saberse conocer (aprender) a sí misma, puede de per se nublar las vistas hasta las cosas más hondas.

Los siguientes hechos relatados, narran las ocurrencias de algunas cosas, que, en efecto, ocurrieron tal como han sido descritas:

Por más que aquella horda de gente tratara de sofrenar a las circunstancias, éstas se sucedían al antojo de a saber cuántos crueles Dioses allí en lo alto, o quizás obedecían a los deseos de unos tantos demonios sanguinarios. Para el caso, poco importaba.

Venían de lejos, sin saber a dónde ir. Debían lidiar con el frío, el hambre feroz que devoraba sus estómagos con agujeros cada vez mayores, con sus brazos partidos, las enfermedades traicioneras, el lodo y el hielo. Acostumbrarse a la podredumbre, las pestilencias, beber de las charcas sucias y comerse al gato que semanas antes habían acunado entre aquellos brazos de huesos ahora partidos en varios fragmentos, debía ser fácil a la fuerza.

Los niños gimoteaban con sus rostros sucios tras los brazos que los arrastraban. Aquellos huesos doloridos o rotos que tiraban de ellos en el último intento de llegar a las fronteras en espera de un poco de piedad. No era ni tan siquiera esperanza la que los empujaba a seguir, pues la habían perdido hacía semanas, junta a alguna que otra suela de zapato. Era el puro instinto involuntario de seguir con vida. Los unos tenían una cruz, los otros al profeta Mahoma en forma de garabato sobre la frente o puesto ante el pecho.

En el transcurso de los últimos días, el balance de la fe humana hacía las veces de esa falta de esperanza que ya no era cosa de ellos, sino de los otros que en sus cálidas casas rezaban por ellos los despatriados, de muy buena fe, pero se entendía que sin poner un pie en la calle, ni mucho menos en el lodo frío que los otros pies transitaban.

«Os queremos con nosotros» escribían los esperanzados en las redes sociales. «Venid a nuestro hogar. Tenemos un lugar aquí. Y cama. Y comida. Y…Y…» Decían, a ojos de miles. Difundían imágenes con frasecitas. Todas ellas en señal de solidaria consideración.

Sin embargo, nada sucedía. Las fronteras echaban los trancos. Y los alambres de espino, tenían cada vez más espinos. Un embrollo, un cadejo sin cabo, un laberinto sin hilo conductor. No existían faros ni farolillos que pudiesen guiar por el piélago insondable de la desesperanza a través, ni nada. Así, también se acababan por comer los mapas de papel. Ablandaban los pliegos en las charcas. Masticarlos luego largo rato, calmaba el agujero del hambre por unos santiamenes más: esos que ocupaban el espacio de unas cuantas zancadas de añadido para adelante, hacía ninguna parte. Los peces ya no se mordían las colas, no señor, ¡se las habían comido e hincaban los dientes en sus cuellos!

Corría el mes de marzo del año dos mil dieciséis. Hadid, una joven hermosa que iba entre ellos por ese camino largo hacía ninguna parte, temía más que al hambre a las sanguijuelas. De tanto asqueroso bicho, aquellos gusanos enterrados en el lodo que pisaba, fríos, negruznos y pegajosos como demonios, acechaban en la suciedad, hechas un ovillo. Parecían también forjados del mismo lodo; partículas de mierda organizadas en hábiles chupasangres que, al cabo de la fuerza paciente y de la resolución acechaban silentes a las pieles desnutridas para así poder robarles la última gota de sangre. Hadid chillaba de espanto cada vez que se veía obligada a despegar una de aquellas alimañas de sus tobillos.

Esa primera semana se había filtrado al mundo, a las casas cálidas -puertas adentro de las cosas feas- la noticia del sacrificio de los gatos que habían traído consigo, no sé sabía bien si para alertar a los activistas y veganos, para así distraer de las miserias verdaderas, o si para escandalizar a las acomodadas, deshijadas, rodeadoras de gatos, o a saber qué asunto viral hizo que esa noticia estuviera más en boca de los otros que el hambre, el frío mordaz y las enfermedades. En el mundo importaban más los gatos que las personas. A esa conclusión llegó Hadid dialogando con su madre.

−Los gatos y el sexo. –Concluyó su madre −.Son los que ahora parecen mover al mundo.

−Y el dinero. Y cómo saber guardarlo en un agujero bien disimulado. Los fraudes fiscales… –Remató Hadid.

−Ya… Parece que las empresas de los países ricos lo causan y lo promueven todo. Lo que debe saberse y lo que no. Si es verdad o es mentira, poco importa. La gente se deja servir las informaciones sin preguntarse si realmente son ciertas. –Dijo su padre, enfrascado en filtrar agua sucia a través de un calcetín.

−¿Y qué me dices de los servicios de inteligencia, Khaled? ¿Tú no crees que la yihad sea un invento de ellos para controlar la economía al antojo de unos cuantos? –quiso saber la madre de Hadid.

−Sea como sea, las verdades nunca se hacen virales en Internet ni ven la luz del día, Aisha.

−Se supone que los servicios de inteligencia de los países del mundo están para proteger a la población y evitar que los terroristas atenten. Pero mucho me huelo que también trabajan para defender territorios y conquistas territoriales, es decir, conquistas económicas. Y pienso que sin escrúpulo alguno. Debo darte la razón, Papá. Si hay que matar a unos cuantos civiles del propio país, alegando que lo hicieron unos malévolos islamistas, pues lo harán, a cambio de beneficios obvios. Derriban aviones con cazas y luego hacen sacar a los medios la noticia de un piloto zumbado como responsable de esas muertes. Ponen la pasta para que instruyan a unos cuantos jóvenes inseguros a inmolarse en nombre de Alá.

Hadid no todo pudo decírselo a sus padres. Ella sabía muy bien qué clase de mundo había más allá de la tragedia de su familia. Era incapaz de rememorar otra época sin guerra. Sólo vio las sanguijuelas, los refugiados muertos de hambre y enterrados a diario. ¿Cómo explicarle desde el mero fango sin ojos al mundo lo que era verdad y lo que era mentira? ¿Quién vendría a ver a los cuerpos pútridos, apilados como una colina de leños? ¿Cómo hablarle al mundo de ahí fuera de los que lloraban de hambre, de frío y de humillación más allá de ese cuerpecito sin vida de aquel niño que aparecía, boca abajo, por todas partes? Ella era Hadid, una olvidada. Una sinpapeles. Un acopio de carne y de huesos. Su nombre ya no importaba a nadie. Ya no figuraba inscrito. Ella era Hadid, la que caminaba entre las sanguijuelas con el terror en la sangre, y una garra en la garganta que le impedía hacerse oír.

Por la noche, tras el valle del país siguiente salía su presidente en las televisiones nacionales acaparando la atención de la multitud. Prorrumpía en el noticiario de las diez para afirmar que el asunto de los refugiados sin suelo era la peor tragedia de este siglo, que su país estaba de luto, pero que no obstante las Fuerzas Armadas debían actuar con inclemencia, fusilando sin trámites a quienes osaban saltar las vallas. Agregó que como sería imposible poder distinguir a los necesitados de la chusma terrorista, ésa sería la única manera de hacer las cosas bien para su país, al menos por el momento y hasta tomar una resolución más adecuada.

A algunas millas de esa nación, en tierra de nadie, dónde los buitres más remotos acechaban por la carroña, donde el olor a muerte hedía y los lamentos de los sufridos llenaban los vientos, allí seguía Hadid tratando de sobrevivir.

Esa misma noche, tras los matorrales se emboscaron unos soldados procedentes de ese otro país. Tendidos boca abajo, otros cuantos de cuclillas, escucharon claramente resonar pasos sobre el endurecido suelo por el hielo. Resonaba el trotecillo irregular de una muchacha avanzando hacia adelante. Hadid iba contenta a su manera, pese al hielo, pese al hambre, pese a toda la miseria. Pues había helado esa noche y la escarcha cubría al lodo y a todas las miserables sanguijuelas que éste ocultaba. Aquello, de por sí, constituía una alegría sana para ella. Se había alejado de los otros en búsqueda de algún bicho para comer, o aunque fueran unas raíces para roer.

Muchísimo le llamaron la atención, al pronto y con la claridad lunar sobre sí, los hombres armados tras los arbustos. Aquellos como cazadores estremecidos, se enderezaron, afianzaron en tierra los pies y apuntaron con sus fusiles la cabeza femenina, envuelta en un niqab de llamativos colorines. Hadid, divisada a la claridad lunar, manos en alto, tembló como una liebre apresada por el lobo. Los otros, con los dedos metidos en los gatillos, y como aliada la media oscuridad de la noche, zarandearon hacía sí a la muchacha, y uno le tapó la boca.

Cuando sus inocentes ojos se cruzaron con el primero de entre los hombres, supo de inmediato las intenciones que albergaban aquellos círculos negros y redondeados de tan solo unas escasas pestañas: el soldado le escupió en la cara, mientras su febril rostro sudó unos inmensos goterones.

De un solo tirón se deshizo de la hebilla que sujetó su pantalón, liberando su reprimida virilidad, tirando a Hadid al suelo de un empujón. A continuación, otro de los soldados tras de ellos, imitó las reacciones del primero en toda su lascivia latitud.

Dulcinea copada y recuestada por los muchos machos en época de celo, a quienes el pudor de la religión obligaba a ocultarse de día en sus gazaperas, saliendo de noche hambrientos de entrepierna al primer hálito de la hembra que destacara del olor de la pólvora exhalado por los fusiles. Imaginaron lanzarse los desesperados, convulsos de deseo, ciegos de la ira, a los pies de Hadid, arrancándole la ropa cintura para abajo, sobre el capeado hielo que deliraron tener por lecho nupcial.

Aquel primero de entre los muchos, un castillo de carne humana, el clásico tipo de bovino, primitivo como una ameba, se abalanzó el primero sobre Hadid, queriendo entrar impetuosamente en ella, impedido a primeras por el himen de la otra, todavía sin perforar. Fue preciso empujar con fuerza y casi matarla de la embestida. Acabó poseyéndola como un animal rabioso. Hadid se desmayó en pleno empeño del otro en testimoniar su nefasto poder. La mole rió como una hiena y se detuvo burlón sobre los pies descalzos y sucios de Hadid tras acabar la escabrosa faena, mientras que la otra ya vuelta en sí contempló con horror el emblema israelí de color marrón, junto a la charretera negra, bordado una de las mangas del marrano sargento Nahal.

Ese al verla mirar, de añadido le proporcionó una cadencia de golpes y puñetazos que se tornaron interminables, inagotables. Hadid pudo sentir el desgarro de mil dagas rasgarle el alma.

Sin tiempo de obtener una respuesta mental, el soldado le asentó un último, fuerte golpe en el estómago, que le produjo una dolorosa sensación de ahogo, y Hadid dejó escapar un afligido grito. Trató de revolverse, chillar alarmada, pero ya no pudo evitar que las manos del resto de soldados, puestos en fila ante ella, esperando turno, se hicieran garras, hincadas entre sus inocentes carnes, quedando completamente inmovilizada y sometida cual cordero de sacrificio.

−¡No pongas dificultades, puta! Arderás en las hogueras que Alá tiene encendidas para ti en cuanto acabemos.

Uno de ellos desenfundó una larga y brillante daga que había llevado sobre el costado izquierdo, y ésta relucía afilada como un sable en la noche. Exigió a Hadid que se mantuviera lo más quieta posible. En un rápido movimiento, rasgó a uno de sus muslos −primero la ingle, luego parte de las piernas−. Hincó la hoja de acero en su trémulo fémur. Entonces Hadid vio relucir en los ojos del hombre una inexplicable furia. La ira le lanzaba hacia fuera sus redondeados ojos de sapo, en un gesto incontenible.

−¡Arrancadle vosotros el niqab, maldita sea! −aquella orden surgió de unos fríos y rígidos labios sin vida.

La aterrorizada mirada de la muchacha cabalgaba desbocada entre los ojos de los hombres, desde uno hacia el otro, con el mudo ruego de que no obedecieran.

−No podemos, shawish. Todo menos el niqab. –Fue la respuesta.

Tal y como la trajo su madre al mundo, permaneció Hadid expuesta ante las burlonas, grotescas y lacónicas miradas, mientras gruesos lagrimones de indignación abandonaban sus ojos y tan sólo aquel pañuelo sobre su cabello cubría los abatidos pensamientos.

−De nada te servirá lloriquear, ¡maldita zorra del diablo!

El cuerpo de Hadid temblaba de frío y de vergüenza.

Mientras empujaban sus miembros entrañas adentro, la muchacha les escuchó entonar rezos y cánticos, extasiados. Al advertir sus melodías malditas, los ásperos murmullos fanáticos, sintió mover las entrañas con esas resonancias, quedando al punto del vómito.

−Maldita furcia del demonio − uno de los cerdos lanzó aquel insulto jadeante, con la respiración entrecortada por su creciente excitación, al advertir la inconsolable impotencia de la chica.

−¡Sucia perra carroñera! −le espetó el último de ellos con violencia, cuando Hadid advirtió desacelerarse el acento lascivo de sus ojos, tras haberse vertido en ella.

Los soldados venidos en nombre de Alá la habían tomado por tandas. Hadid observó la untuosidad de su sangre invadirlo todo, mezclándose en una danza de rojos con el colorido de su niqab. Era la muerte misma abriéndose paso desde la vida hasta su intimidad. Había visto sobre sí cuchillos y armas encañonadas. Sudor y saliva. Un retazo de luna brillaba como una hoja de acero. Y no, no era la luna. Era la hoja de un cuchillo desgarrándole la matriz. Dolor, dolor, dolor. Hasta que finalmente perdió de nuevo el conocimiento a causa de la indescifrable, insoportable dolencia que ardía y abrasaba su bajo vientre.

Desnuda y ensangrentada de cintura para abajo, su desgarrado cuerpo descansó en el desmayo, despertándose de nuevo a su calvario, maniatada sobre una vasta cruz de madera.

−Yo no soy cristiana. Soy musulmana. Yo soy musulmana –gritó Hadid, fuera de sí.

Entre la cruenta sucesión de escenas que había soportado de milagro, reconoció como en trance a unos ojos oscuros, amables. El cabello hirsuto y completamente blanco, pese a las pocas arrugas en el rostro, también le era familiar. Todo en aquella afable presencia parecía quererle brindar ánimos entre la neblina de su semi consciencia.

Se trataba de su padre. Había venido reforzado por el resto de refugiados, que entre todos sumaban más de cien hombres. Armados con palos y algunas escopetas se impelieron en busca de los soldados.

Los hombres agudizaron todo su ingenio para rescatar a Hadid. Alguien grito:

−Está con nosotros el canal de televisión Arutz diez. Lo están grabando todo.

Al escuchar aquello los soldados, salieron huyendo como almas llevadas por el diablo. Mientras los hombres empinaban sus escopetas al cielo para disparar al aire, Khaled, el padre de Hadid se arrodilló ante la chica herida de muerte, la tomó en brazos y ambos sollozaron.

−Estate tranquila. Todo estará bien. Todo irá bien… −Le suplicó su padre −.Yo estoy contigo y vas a ponerte bien. Te lo prometo.

El regreso al fango fue animado por comentarios y cantos a modo de quitar hierro a los graves asuntos. Hadid fue llevada al refugio improvisado de lonas sucias, y ante la falta de medios, su madre la intentaba curar con cataplasmas de lodo y sanguijuelas machacadas a papilla, pues éstas tenían propiedades antibióticas y antihemorágicas según le habían hecho saber. Madre e hija pasaron varios días juntas. Hadid, delirando en fiebres pedía que acudieran periodistas para que fotografiaran o filmaran sus genitales.

−No podemos hacer eso, hija. Una mujer no puede enseñar eso a nadie.

Al caer los nuevos días, su madre procuró hacer dormir a Hadid con viejas canciones aprendidas en alemán por parte de su abuela. Mientras su hija sufría de espasmos, sacudida como un saco de patatas por un terremoto en máximo grado, a causa de la elevadísima fiebre corporal, Aisha temió por su vida. Pero al poco y casi milagrosamente, las propiedades de las sanguijuelas machacadas parecieron empezar a actuar y la fiebre fue remitiendo.

Hadid besó a su madre en la frente, con labios agrietados, abrasados por las anteriores calenturas. Aun temblaba como las hojas de los árboles, y a través de sus crispadas carnes corría a cada instante todavía el escalofrío de la muerte, como queriendo luchar un poco más en la batalla de la vida.

Hadid tenía hambre. Quedaban migajas, no muy añejas aún, de un pedazo de pan, y Aisha se lo puso en la pastosa boca ablandado en agua sucia. La chica tragó con avidez y luego habló:

−Mamá, ¿tú recuerdas las cabronadas que decía ese hombre, Donald Trump, el que papá tiene por demonio?

La madre se estremeció, conjeturando un nuevo delirio por parte de su hija.

−Hadid, no creo que ese monstruo venga ahora a cuento de nada…

−Sí, Mamá, porque una vez tu me enseñaste que en los peores momentos de nuestra vida conviene aprender del diablo. Y dado que presté mucha atención un día cuando ese cerdo salió por televisión, me quedé con el sentido de ciertas afirmaciones suyas.

−¿Qué pudo salir de coherente de boca de semejante bestia, hija? –Aisha sujetó la cabeza de Hadid que pidió auparse.

−Él dijo en cierta ocasión que usaba a los medios como ellos le usaban a él: para atraer la atención. Una vez que gozaba de ese interés, dependía de él aprovecharlo a su provecho. Dijo haber aprendido desde hacía tiempo que si careces de miedo a ser directo con los periodistas, éstos te rogaban atención y participación. Dijo que él hacía las cosas distintas a los demás. Que decía cosas excesivas y respondía a los ataques con más escándalo, si cabía. Entonces él consigue que los medios le amen. Da a la gente lo que quiere. ¡Carnaza, Mamá! –Hadid se apoyó sobre ambos codos, notablemente robustecida.

−Ese tipo es un psicópata. Sólo un desalmado habla así.

−Ya, Mamá, pero de ellos puedes aprender también. Cuando hacemos las cosas careciendo de vergüenza o de escrúpulo, pueden virar a nuestro favor. −Hadid tramaba algo, a su madre eso no se le escapaba −. ¿El chico de los Afrad sigue teniendo su móvil con conexión a internet?

−Creo que sí. Ayer le vi con el trasto. Se escapa a cargarlo en los wáteres de la gasolinera del pueblo. ¿En qué estás pensando, hija?

−Dile que venga a verme. Que venga lo antes posible. Tengo un plan. Fuiste tú quién me enseñaste también a sacar partida a las desgracias en la vida. Y no lo he olvidado, Mamá. Sabes que soy una aplicada aprendiz.

La inmovilidad, la fiebre y la tensión habían debilitado mucho a Hadid, pero su cerebro estaba más lúcido que nunca, pese a que sus padres creían todo lo contrario.

En aquel valle de tragedia comenzó a asomar una luz pálida de entre los nubarrones que habían comenzado a verterse de nuevo, ocupando a las gentes en reunir cazos y cacerolas para recoger el agua potable.

Hadid al atardecer, alcanzó a ver ante sí y en cuclillas al muchacho del teléfono móvil de nombre Mohamedou.

−¿Qué vas a hacer? –preguntó el muchacho que aparentaba unos quince años de edad a Hadid.

−Necesito que me dejes tu teléfono un momento. Tienes que confiar en mí. Tengo una idea que hará que marchemos pronto de aquí y volvamos a tener ropas cálidas y nuestro plato de comida en la mesa. ¿Tú quieres eso, Mohamedou? –Hadid estiró la mano para acariciar el pelo estropajoso del chico.

−Si que quiero. Pues...¡Vale!... Supongo que podré quedarme para saber qué vas a hacer con mi teléfono…

−No, Mohamedou. Necesito que salgas. Que me dejes sola. Ah, y dile a mi madre que me traiga el rotulador que llevo en mi bolsa. Es importante. Luego, marcharos todos por un momento. Dejadme que haga lo que deba. Confía por favor.

El muchacho miró a Hadid, sin comprender. Pero obedeció como si de una orden se hubiera tratado. Él quería vivir. Todos querían vivir. Y si aquella muchacha enferma sabía la solución, debía dejarla actuar.

Una vez a solas, Hadid tomó su niqab, lo rasgó en varios trozos de tela, tomó el rotulador de color negro y comenzó a escribir sobre los pedazos.

En materia de desnudeces femeninas, el mundo solía reaccionar al instante.

Ciertas imágenes producían en el mundo una consternación absoluta, conmoviendo a las masas a miles, produciendo hondas impresiones en las dializadas mentes humanas. Había que hacerle caso al psicópata de Trump y su idea de ganarse a la prensa. Dónde los cadáveres podridos, los gatos sacrificados y las imágenes del hambre o del llanto no llegaban a colarse hasta el fondo de las conciencias, lo haría lo que Hadid estaba a punto de hacer.

Tomó un pedazo de la tela y escribió sobre él:

«Hola Mundo.

Soy la vagina de Hadid. Hasta hace poco la mantuve virgen. Ya no podré darle hijos. Yo soy la causa de su deletérea herida. Hadid y los mil que van con ella tienen hambre. Tienen frío. Y muchas otras sangrarán como yo: violadas, vejadas. En mi interior retorcieron un cuchillo. Pero todavía me queda voz. Hablo por Hadid y los mil. Necesitamos ayuda. »

Hadid introdujo el trozo de tela agazapado en el interior de su matriz, luego tomó el teléfono móvil en la otra mano, se abrió todo lo que pudo de piernas, y comenzó a grabar. Con la otra mano libre, se sacó el trozo de tela de la entraña; con toda su intimidad abierta de par en par como una rosa florida, desplegó las letras para que fueran visibles, mientras las puso ante la cámara junto a su vagina. Todo grabado en primer plano.
Dedujo que si subiría tal grabación al canal de Youtube sería censurado en menos de lo que cantaba un gallo, así que lo colgó en varios canales, incluido Facebook. Confiaba en que, al poco, se haría viral, despertaría el interés de las feministas, las ONG, los defensores de los derechos humanos.
Ver a una vagina parlante pedir ayuda en nombre de todos no era nada habitual y con la suficiente suerte, conseguiría la atención necesaria. No olvido adjuntar la ubicación de la grabación mediante la aplicación de GPS que ese móvil traía de serie. Y ya tan sólo cabía esperar.

Al día siguiente su madre, muy alarmada, hizo señas a Hadid para alertarla.

−No sé qué has hecho, hija, pero hay una legión de periodistas preguntando por ti. Están los de las televisiones de medio mundo, periódicos, radios. Blogueros…Y están llegando cada vez más…¡Por Alá! ¿Cómo lo has conseguido?

−Supongo que lo sabrás a tiempo…Deja que entren, uno por uno. Y aguardad tiendas afuera. Vosotros confiad en mí. –Hadid sonreía, enigmática.

−¿Podemos filmar tu vagina? –dijo telas adentro una joven periodista, que trabajaba para una cadena de televisión sensacionalista.

−Podéis. –Contestó Hadid, y sin ningún tipo de pudor se recostó ligeramente hacía atrás y abrió los muslos todo lo que pudo.

No hubo lógica, ni comprensión hacía alguien que, llegando el caso, pudiera comprobar ante la hipócrita e inexorable sociedad que tan sólo aceptaba el blanco y el negro, nunca el gris, aletargada a todos los estímulos –coherente tan sólo aquello que se palpa−diera una tremenda bofetada a todos, con tan solo dejarse ver la vagina de aquel cruento modo.

Hadid sabía a sus veinte pocos años que en el trasfondo de los seres humanos existían misterios capaces de devorarlos.

Su vagina había conseguido por ella sola acaparar toda la atención.

Ni las docenas de niños muertos, ni las bombas, ni las imágenes de miseria absoluta, nada había hecho llegar a los periodistas hasta allí, salvo unos pocos que hartos de ver lo mismo por todas partes, ya no hallaban el estímulo de lo novedoso tras las semanas transcurridas. Y el mundo necesitaba el morbo de la novedad.

Estúpida y simplista Hadid…Ya. Ya. Tal vez. Pero tuvo la poca vergüenza que nadie se atrevió a mostrar.

La periodista dirigió su cámara hacía la entrepierna de la muchacha. Enfocó un vientre tenso y abultado. Algo extraño comenzó a fluir entonces entre aquellas piernas: cuajos de sangre que sólo la cámara se atrevió a mirar. Y tras ello, un trozo de tela comenzó a asomar como si de un macabro parto se tratara.

«Hola. Soy la vagina de Hadid.

Yo hablo en nombre de todos. Miradme, porque trato de acabar con toda esa maldad, el machismo, el hambre, la tortura y la humillación. En nombre de todos. »

Miles y miles de televisiones en miles de hogares del mundo recibieron entonces las imágenes pixeladas de aquella visión. Solo se pudo ver con la claridad necesaria la inscripción sobre el trozo de tela. Aquel proceso logró hipnotizar a las masas cretinizadas con otros miles de miles de prejuicios en las cabezas; el aquelarre de los borregos que en la delirante ilusión que da el escándalo ajeno, se adhieren por el tiempo de la novedad a cualquier causa que haga falta.

Tanto fueron en aumento las cosas, que el improvisado campamento de refugiados sirios se llenó hasta los topes de personajes mediáticos y de televisiones de todo el mundo.

La vagina de Hadid, en apenas veinticuatro horas de reloj, había logrado configurar tal rebaño atontado de personajes que ni la CIA, ni el pentágono, ni el Mossad, desde Langley a Russia, supieron cómo afrontar la avalancha de revolucionarios que vinieron organizados en tropas a tomar cartas en el asunto.

«Hola. Soy la vagina de Hadid.

El ser humano es un animal. Pero a veces surgen seres humanos del fango. Buscad una sola sombra en los ojos de Hadid, algo que os recuerde la violencia, al hambre, la miseria y la tortura que ha vivido; pues no la encontraréis. Su gesto sigue limpio, sereno, y capaz de devolver la esperanza a todos. Yo soy la voz de todas las vaginas. Pido respeto. Pido dignidad. Pido igualdad. Pido paz. »

«Hola. Soy la vagina de Hadid.

Cuando ni los guiños, ni las súplicas ni los niños muertos funcionan, no queda nada; tan sólo la amarga verdad de no ser nada de no ser nadie. El tiempo no es un chicle. El tiempo se acaba. Y todos van a morir. Yo hablo con la voz de todos. Mirad lo que Hadid me hace hacer. Es la desesperación. ¿La habéis conocido?»

Hubo tantos mensajes saliendo de aquella vagina como pedazos de niqab le quedaban disponibles a Hadid.

El régimen talibán andaba desesperado ante la atención conseguida por aquella infiel enloquecida e impura. Pero ante todo desesperaron ante la falta de miedo a las consecuencias por parte de aquella muchacha.

La presión de los gobiernos se tornó multitudinaria. Millones de espontáneos, entramados solidarios se unieron en grupo a través de las redes sociales. Por todas partes surgió la imagen de una vagina con la viñeta parlante.

El mundo se llenó de vaginas.

Y ya nadie temía mirarlas. Fueron vistas tan naturales como ver florecer un tulipán en primavera. Las masas repetían la consigna vaginal como papagayos. La gran repercusión mediática había alcanzado el estatus del mayor motín de la historia. Al punto, casi todos los humanos existentes sobre la faz de la tierra hermanaron en la canonización laica de aquella vagina parlanchina.

Hubo millones de pancartas vaginales por las calles y en vez de bombillas, se alzaban vaginas luminosas en el par de noches siguientes.

Al tercer día, la Asamblea General de Naciones Unidas tomó resoluciones efectivas al respecto de aquellos miles de olvidados, y fueron aprobadas, reforzadas y signadas por todos los países del mundo. Las fronteras se abrían y las muchedumbres gritaban y cantaban a la paz y a las vaginas en el mundo. Hasta ahí, la cosa iba bien. Porque así era como funcionaba el asunto al calor de los escándalos, a la lumbre de la vehemencia del instante y de los amagos revolucionarios que surgían de lo inesperado, de cuanto sorprendía como una bofetada que no ves venir.

Pero como ocurre en todas los festejos, nunca puede faltar un buen aguafiestas. Tampoco en ésta historia.

Así las cosas, éste entró cual chimpancé en celo y reforzado por un ejército entero al campamento de Hadid, muy poco antes de que las gentes iban a ser rescatados por los franceses. Nadie sospecahó de lo que a punto estuvo de hacer, pues todos parecían apoyar tales reinvindicaciones vaginales.

Aquel hombre se hizo traer varios sacos pesados y extrajo de ellos decenas de piedruscos angulosos.

Luego, sin un atisbo de piedad de ninguna clase, apedreó a Hadid hasta la muerte. Así, sin más. Tal como queda aplastada una mosca de un zapatillazo. Insecto indefenso que nace y vive por un día, y muere sin consideración por su existencia por quién se siente molestado por ella.

Naturalmente aquel insubstancial y su trope fueron fusilados a muerte al poco del suceso.

Fue entonces cuando a un médico forense, profesional bien enterado, de modo directo e indirecto, cuanto tuviera que ver con su profesión, se le ocurrió la idea que viniera de Rusia un afamado taxidermista. Se le hizo el encargo de restituir la carne donde hiciera falta; reajustara volúmenes, distribuyera en adecuadas proporciones pelos, hasta que ante él sugiera aquella vagina como si nunca hubiera sido tocada. Se le harían mil fotografías. Llaveros y medallones para portar en las carteras como reliquias. Habría peregrinaciones para verla en dónde la expusieran en posterioridad.

Mucho después a aquello, las cosas se sucedieron tal y como el sabio forense vaticinó que los asuntos harían: se instauró la paz en todo el mundo, y duró al menos cien años. Todos ocupados estuvieron en llevarse bien los unos con los otros: la maphia con la iglesia. Hombres y mujeres. Los rusos con los americanos. La CIA con el Mossad. Y la reina de Inglaterra recibía a los republicanos para el té y jugaban al bridge muy animados, y entre risas.

El lodo sobre el que había estaba anclado el campamento improvisado de las gentes sirias fue rastreado por las grandes farmacéuticas que recogieron una a una a todas las sanguijuelas del fango, tras conocerse los beneficios curativos y antibióticos de aquellos bichos. Los elexieres de sanguijuela se convirtió en el negocio de aquel siglo. Las grandes empresas farmacéuticas ganaron en poder adquisitivo y en más poder, situándose como líderes de los IBEX.

Todo era veneración a las vaginas y a las sanguijuelas. Y aquellos términos se convirtieron en sinónimos de paz y salud.

Pero al tiempo, y pasado el choque temporal de los buenos propósitos, los sentimientos de irritación poco racionales iban volviendo para ganar la partida a la aburrida planicie de los días en paz.

Porque algo estaba claro: el ser humano no podía vivir en armonía por demasiado tiempo. Hubo algo que no se dejaba captar. Un asunto nada tantalizante. El alma humana nunca se daba por satisfecha en la avenencia. El alma humana era una mano, que retiraba el agua justo cuando la necesitaba tomar. El alma humana reducía a cenizas cuanto miraba, pero tomaba cerillas para incendiarlo todo.

Las guerras volvieron, como todo acaba volviendo cuando los hombres administran las cosas. Volvieron el hambre, las miserias, las injusticias y las violaciones: se abrazaron todos juntos a los hombres hasta adormecerlos. Ésa vez fue para siempre. Suavemente las gentes bajaron los párpados en el letargo de las egolatrías.

Y todo en cuanto atañía a la revolución que una vagina humana había logrado, quedó relegado al olvido, como había ocurrido desde el principio de la humanidad. Tal y como acababan por desaparecer las doctrinas de los grandes profetas y hombres santos. Tal y como se llevaba el viento los buenos propósitos, las luchas de los grandes, las huellas de Jesús de Nazaret, el Che Guevara o las enseñanzas de Buda.

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Ya se ha explicado que el sentido de la vida no queda del todo claro, y teniendo en cuenta este hecho, parecerá un abuso de la credulidad del lector decir que mantener la palabra de que en este relato se halle un audaz aprendizaje, sería una osadía. Los políticos, la avaricia de la economía mundial, las mentes conformistas y adormiladas me pusieron algunas dificultades para terminar la historia aquí relatada con una buena moraleja, sabiéndome comprendida por ustedes de que el cumplimiento de las promesas no debe convertirse en una costumbre.

Les ruego me perdonen...

Sub umbra floreo: C.bürk

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