La conversión (Cuento de Navidad muy singular de 2014 por c.bürk)




La Conversión (Cuento de Navidad)
(Escrito y concedido para http://vocesdelotrolado.com/ )
 

La madrugada de Nochebuena me desperté con sobresaltos. Algo que yo tenía ya por costumbre. Por las rendijas de la persiana entraban luces intermitentes que me permitieron descubrir los contornos de los muebles. El camión de la recogida de la basura, mundo afuera, me había arrancado una vez más de mis sueños con sus acústicas molestias.  No hizo falta afinar el oído para percibir que además de la calle ascendían los graznidos de un búho, el cual tenía por costumbre situarse cada noche cerca de la ventana de mi dormitorio.                                                  
Saqué los brazos debajo del nórdico, estirándome varias veces. El frío mordía. Dolía. Pellizcaba. La punta de mi nariz también estaba fría. El frío era un manto que se extendía desde fuera hacía muy adentro de mi corazón. El frío era sinónimo de mi soledad. Y ésta, sustitutivo de toda humanidad en mi vida.   
Mi vida, sí. Si es que lo era, porque de serlo, ésta  se sucedía con una frialdad glacial, en ausencia de abrazos, caricias y toda clase de manifestaciones afectivas de las que todo ser viviente, en realidad, debería poder gozar. En parte eso se debía a mis maneras de ser fea, esquinada y sin gracia. Yo era baja y cargada de espaldas. Pero puedo asegurar que no era mi chepa que particularmente embrutecía mi aspecto físico, sino un algo más. Yo era físicamente repelente, corta, culibaja y ancha como una mula. Mi traza física de ese modo, acentuada por aquella manera que yo tenía para vestirme, hacía arrastrarme hacía los otros antojándoles ser yo fea de cojones y amén.                                       
Por si lo referido fuera poca cosa,  se me inflaba, al hablar, una gruesa vena en la frente. Con mi repulsivo porte y aquella cara de mujer elefante, se me comentaba y apostillaba por todas partes. Daba asco mirarme, lo que, teniendo en cuenta en la clase de mundo en que todos vivíamos, dónde las apariencias son la ley primera, naturalmente yo disponía de una mínima capacidad para despertar afectos.               
                                                  
Mi vida era ausencia.                                                              
Echaba en falta un “Buenos días, ¿qué tal has dormido?”  O un piropo. Aunque fuera en referencia de mis estornudos.             
Las jornadas empezaban de madrugada, siempre tras el paso atronador del camión de la basura. De buena gana me hubiera subido yo a él para que me tirasen también a un barranco. Las luces a medio fulgurar pintaron intermitencias en la pared del dormitorio.  Ahí estaba yo junto a mi insignificancia, sin un alma humana a la redonda de cien metros, excepto la mía propia.  Aunque había alguien más: el gato.

Hoy sería  Nochebuena; la noche de los sucedáneos al Amor verdadero. Las gentes se despertarían y se prepararían para la noche. En las habitaciones de ahí fuera, por ahora todavía descansaban, para más tarde sucumbir a las apariencias. A las superficialidades. A los sucedáneos de la paz que daría una sola noche.                                                                                        
Mientras consideraba que ésa mañana debía hacerle una visita a la administración de hacienda, arreglar burocracias varias, pensé de nuevo, como una obsesión, en aquel día como otro posible día para darle un cambio radical a mi existencia. Bien sabía yo que, aun andando el tiempo, mi aspecto no cambiaría por mucho que lo encubriera, soñaba con que se me admirara por mi capacidad imaginativa.

Yo soñaba con ser guionista.                                      
Empero, jamás quise conjeturar en qué consistirían esos cambios que yo debía efectuar, para girar mi destino.  Me conformaba soñarlo, en la vaga esperanza de que todo cambiaría algún día sin mover yo un solo dedo. Yo fantaseaba un suceso magnánimo que me apartase de tanta soledad, de las burlas de quién venía a mi casa a la mañana siguiente a darme la espalda. Soñaba con situarme lejos de mi regular vida, de las deslucidas maneras de mi caminar por ésta. Cuarenta años pensando aquello. Y ninguna decisión.                                                                  
Gimieron los muelles del colchón al desperezarme y liberarlos al fin de mi peso. Quise pensar que hasta a la cama le debía yo resultar insoportable. Di un puntapié a un libro en el suelo que fue a impactar contra la mesita de noche. Se trataba de la Metamorfosis de Kafka, abierto ahora casi por el final. Los finales de los libros los aguantaba días, semanas enteras, como ese alguien que degusta un dulce y lo lame despacio, temiendo que desaparezca.                                                                           
Al atravesar el pasillo rumbo al baño vino a mi encuentro el gato con un sonado “miau” y el maravilloso ronroneo de verme viva. Probablemente éste, quiso compensar mi perenne silencio, mi terrible asquerosidad, para que mi callar y mi chepa no fueran ni tan punzantes ni tan aplastantes.                                                       
El gato nunca se resignaba a verme infeliz. Refería restregares, maullidos y ronroneos a kilogramos contra mi semblante. No renunciaba a que mi voz ni mi vivacidad, que lo habían caldeado tanto a él, se fueran apagando con el frío del invierno.                                                                                                
Ahí andaba, Légolas, el gato. El gato negro y ligeramente tuerto, a causa de la afección del Virus gatuno en su infancia, antes de traerlo conmigo a casa.                                               
Aquella madrugada estuvimos los dos solos, junto a los otros animales que habitaban la casa.                                           
Acurrucarnos, un rato juntos, al igual que la noche anterior, y todas las noches y mañanas, era un hecho establecido. Un precioso ritual entre el gato negro y su igual: yo. Porque yo era igual a él. Su compañera. Su amor. Pero en un cuerpo que jamás había sentido como mío.                                                                        
Escuché la llave en la puerta. No tardarían en interrumpir el idilio entre el gato y mi persona.                                              
Al poco, llegando mi compañero humano del trabajo nocturno, entró dando tumbos,  con el cansancio entroncando sus piernas.  Tenía la petulancia de los “siempres” de los “así es todo”, de los “esto es todo lo que hay” bien visible en los ojos. Un leve palabreo de su parte, siempre sin destino.  Su voz se estrelló también aquella mañana contra mi silencio. Y me limité a sonreír.                                                                                                   
−Algún día cuando seamos muy mayores, tal vez nos casaremos –dijo el compañero de formas humanas, tras un bostezo, tapándose la cabeza.                                                          
Bien sabía él que era fácil conformar a las feas con esa clase de promesas. Pero yo además era una fea muy intuitiva. Y sabía sobradamente los motivos que a mí le ataban. Éste se había arrejuntado con mi persona, sin más perspectivas que las de estar en comodisimas circunstancias, sin coitos ni restriegues, sabiendo que yo todo lo aceptaba y perdonaba.                                  
−Si, nos casaremos, si…Algún  día… −Lo dije como si fuera el comentario tras una broma, o tras escuchar una fábula ridícula.                                                                                            
−Era broma. Ya sabes que esas cosas no suelen realizarse. Uno se acostumbra al otro, y…                                                             
−Son cosas que pasan –dije escuetamente. Deseaba salir de la habitación. Ahora olía a cogote humano. A sudor y a indiferencia humana. A burlas y a recochineo. La escena se repetía mañana tras mañana como los avemarías de un rosario.  Ventanas afuera había un cielo cubierto de nubes sobre una filera de montañas, que tan sólo cobraban vida al paso de las aves. El cogote humano fue lo último que vi al salir de la habitación. Todo estaba siendo como si el hilo de nuestra aguja se hubiera roto sin advertirlo nadie y entre ambos ya no hubiera, en realidad, atadura alguna. De hecho, nunca la había habido. Ilusoria realidad.                                                                                               
En hacienda un señor de orejas grandes, uñas sucias, nariz estirada y cara de murciélago sediento me preguntó:                            
−Traerá usted la documentación. Los recibos. Los papeles…             
Quería decirle “Traigo soledad. Hambre y sed de humana animalidad o dicho al revés de animalada humanidad. Traigo las ganas de desaparecer.”                                                         
Sobre la frente del pobre infeliz parecía estar escrito “Fuera sentimentalismos. Prohibido flaquear.” Había que tratar con los deudores a rajatabla, sin perder el compás, sin dejarse llevar por la compasión.  Señalar los “Debes” y “Haberes” con el dedo en lo alto.                                                                                                            
Para el deshumanizado empleado de hacienda, cualquier engranaje debía ser exacto, más glacial que el hielo, más cuadrado que un rectángulo y más matemático que las ecuaciones cósmicas. Prohibido sentir. Advertí su frío. Más y más frío. Me froté las manos. Frío en el aire, en los alientos ajenos, saliendo de los calefactores, de los corazones que eran piezas de robot, ojos ajenos o trozos de hielo; me costaba distinguir una cosa de la otra. Frío. Frío. El mundo se había helado por completo.   
Pero aun así, preferí infinitas veces el frío del saqueador legal a las risitas, a los dedos apuntando, a las narices arrugadas a mi paso. El hombre no pareció haber reparado en mi aspecto físico; éste se limitaba a rascar los bolsillos ajenos. Casi llegó a gustarme.                                                                             
Los árboles camino a casa amarilleaban, parecían muertos todos. El frío de los corazones los había matado. Las hojas casi secas.                                                                                   
“Todavía estáis un poco vivos. Todavía podrán salvaros”.

Miré entorno, inmersa en esa extraña prenoción que llegaba a asimilar como la muerte del mundo por el frío. Los vendedores de lotería para el niño, aireaban su mercancía de papel barato con voces aullantes, medio sordas, en cuanto a sentimiento se refiere. Las gentes compraban los trozos de papel con ansia y desesperación.                                                                                       
−Va a tocar el 27865. Me lo dijo una pitonisa. Mandaré a la mierda a mi jefe –escuché tras de mí y me aparté, no fuera el buen señor a restregarme el décimo por la chepa en busca de suerte. Los humanos eran de esa guisa: con tal de obtener un beneficio, no importaba humillar inocentes, matar marranos, torturar gatos. Frotarme un décimo por la joroba era lo menos cruel, pues también había cuchicheos a mi paso y simbólicos toques de madera, por si acaso. Me dolía ser el centro de tanto sabotaje. Los hombres necesitaban siempre de los hazmerreíres para de ese modo eclipsar sus propios barros y toda la ruindad de sus corazones. Humanos, ansiando los toques de la gracia para luego ir rumbo a la desgracia. ¿Qué promesas falsas contenía un décimo de lotería? Todo lo que importaba era la abundancia y la belleza. El dinero y el sexo.      

***
El descanso navideño me cansaba.  La supuesta paz me perturbaba, al contrario, hablaba de futilidades, de humanidades vergonzosamente rezagadas.                                        
Reflexionando negruras, oí el rumor de unos pasos que se acercaban a mis espaldas.                                                            
−¿Me da unas monedas para comer? –Preguntó un hombre con el rostro surcado por las arrugas y los palos de la vida. Tiritaba de frío. O eso creí.                                                             
−Las monedas no se comen. Pero venga conmigo. ¡Nos vamos juntos a comer!                                                                     
El otro me miró con perplejidad, y cargado de amenazas como un cielo de tormenta. Tras eso se enderezó y levantó la cabeza orgullosamente. Durante unos minutos permaneció así. Parecía esperar algo. Pero nada ocurrió. El neón de un centro comercial iluminó la escena con luz vacilante. Tras unos minutos, el hombre murmuró algo inentendible, escupió a mis pies y marchó por dónde vino.                                                                         
En uno u otro sentido, mis congéneres definitivamente no había por dónde cogerlos.                                                   
Cerca de las dos, volví a casa. Desde fuera vi la sombra negra del gato restregándose contra el interior de la puerta, impaciente por verme. Al advertirlo yo, sentí calor en el corazón y un vendaval  de buenas sensaciones se combinó en mi interior. Puertas adentro el compañero humano me dedicó una mirada indescifrable. Tal vez se preguntara por qué razón la comida todavía no estaba sobre la mesa. Lo ignoraba.                                    
Comimos en completo silencio. Con la tele hablando en nuestro lugar.                                                                                         
La tarde transcurrió entre preparativos para la cena, dónde habíamos convidado a nuestros padres y vecinos. Varias veces en mis idas y venidas desde la cocina a la despensa me topaba con los ojos implorantes del gato, centrándose afectivos sobre los míos.                                                                                                  
Me quería. Lo cual se veía claramente en el segundo fondo de su mirada, mientras el primer plano se matizaba –de acuerdo con la pasajera actividad restregadora, que en momentos dados, desarrollaba.                                                                        
−Tranquilo, Légolas, ésta noche pasará pronto y dormirás como siempre enroscado entre mis brazos –le acaricié el lomo, mientras me acompañó escaleras arriba, hacía el mundo de mi escritorio, con esos libros desparramados, las velas que a veces lo iluminaban tanto, concavidades de quietas sombras, de las historias que ahí había escrito.                                           
−Mañana te escribiré un cuento –le prometí al gato, como si éste estuviera interesado en las banales agrupaciones lingüísticas de los tontos humanos.                                       
Alrededor de las ocho y media de la tarde, se presentaron mi madre y su compañero, acto seguido el resto de invitados.         
Con el aire de quién había acudido ahí por cumplir, sin lavarse la cara ni cambiarse los calcetines, con el propósito de largarse pronto, uno de ellos me tendió la mano a modo de besugo fofo.                                                                                                    
Para éstos casos, yo solía moverme con el aire de un espíritu libre a quién también todo importa un santo carajo. Y al carajo solía enviarlos mediante una intelectiva caída de párpados, un silencio y una media vuelta.

***
Durante la cena, el gato permaneció bajo la mesa, encima de mis pies y de vez en cuando dejaba caer un delicioso bocado de langostino.                                                                                 
La conversación había derivado hacía la importancia de mis defectos y lo muy antisocial que estaba siendo últimamente. Mi señora madre no velaba su desprecio hacia mí persona, su arrepentimiento de haberme engendrado. Gustaba de hablar de mis deslices o vergüenzas con sádico acento ante terceros. Hasta me hizo creer que sentía asco por comer lo que yo había preparado, preguntándome reiteradas veces si me había lavado bien las manos mientras cocinaba.                                                     
Así que yo temí, más que nada, que aquella lengua materna en plena Nochebuena satirizara sin compasión, embistiendo con saña a mis puntos más sensibles y flacos.                                         
−¿Así que crees, hija mía, que siendo tan enclenque como eres, tan finolis y a la vez tan poca cosa, vas a ganarte la vida como guionista? –Dijo aquello colocándose hacia atrás en su silla, con los brazos cruzados sobre el opulento pecho y una sonrisa ladina sobre la boca−.  Mal. Mal . ¿Te parece poco mal vivir de ilusiones? ¡Esas cosas no dan de comer! –Remató y dio una palmada de irritación, sacudiendo la cabeza.                                        
−Yo haré lo que me haga feliz, madre.                                               
−Ya. Igual que tu padre. Pájaros en la cabeza para no llegar más que a borracho. Tú no vales para guionista. Eso es cosa de gentes listas. Desengáñate, esos menesteres los estudian la gente de bien. ¡Tú mírate! −Recalcó−. Pareces una campesina… −Antes de que derribara el asunto hacía mis más que evidentes defectos físicos, opté por cortar la conversación a mí manera. Respiré entrecortadamente. Nunca me terminaba por acostumbrar al díscolo rechazo de mi madre, a sus insolencias al machacarme en público. Tragué saliva y entonces llené un gran vaso de vino y lo vacié de un trago, lo que sentó como un tiro a mi compañero humanoide.  Éste también añadió su opinión.                                        
−Cuando no le gusta oír la verdad, le da por beber vino. Si yo hablara… −Tras tirar aquel pedrusco, se levantó, se fue a la cocina y volvió con mi copa llena de vino−. Ahí tienes otra. Y si tampoco te basta, te traigo la botella llena –remató con una guasa llena de sarcasmo cruel.                                                           
Me dolía toda aquella saña, se clavaban las frases como dardos, muy adentro, más allá del corazón, en un lugar ilocalizable de mi ser. Observé las miradas de entendimiento que se cruzaron con muy poco disimulo entre los presentes. Experimenté un sutil acaloramiento al percatarme de la extrema facilidad que encuentran los humanos para asociarse contra el débil. Los ojos de mi vecina pasaron del vecino a mi madre, de ésta a su consorte.                                                                     
Además de mis aborrecimientos, habíamos hablado de una infinidad de cosas banales, pero nadie ahí presente se había atrevido a lanzarse por el camino peligroso de los asuntos del corazón. Eso –ya se sobreentendía-  era peor que hablar de Satanás. Todo ello hizo crecer en mi interior estupor.                         

De una ojeada pechos abajo, ahondé en mi risible corporeidad y me enfurecí contra ella, contra mi humanidad, contra mi torpeza de ser persona y no animal. Ridícula yo. En mi detestable conformación de ser quién era.                                              
−Un brindis por los hipócritas. Otro, por los que no cesan de buscar la paja en el ojo ajeno y otro, para aquellos siempre ocupados en juzgar a los demás. Les deseo una pronta mejoría. Feliz Navidad y próspero año –exclamé a voces, tras haberme levantado, la copa de cava catalán en lo alto. Luego la dejé sobre la mesa y contemplé el mantel porque no quise mirar a nadie.      
A mi madre le temblaba el ojo izquierdo, a causa de que la constante vigilancia para aquilatar mis defectos; quedó burlada por mi actitud chulesca. Se hizo el silencio. Tan sólo resonaban mis mandíbulas triturando las patas de un cangrejo.  Vi como las sombras en el rostro de mi mamá se perfilaron y también pude ver con claridad ese muro erguido que había alzado ante sí todos esos años. Mi consorte cerró los ojos, enrojeció y palideció como un semáforo.                                                                                   
−Tengamos la fiesta en paz… −Dijo, casi a modo de oración. Mi madre seguía tiesa como un soldado. La piel del rostro quedó tensa sobre sus huesos y parecía que toda ella se abría camino a una tormenta.                                                                                  
−Es hora de irnos –la señora que me había parido se levantó de la silla, el consorte tras ella, enfilándose rumbo a la puerta. Vi como se detuvo de pie, apoyándose en la barandilla, desfallecida.                                                                                            
−¿Pero qué te pasa, Mamá? ¿Estás bien? –Ahora me estaba preocupando seriamente.                                                                   
−No sabes más que hablar tonterías y dar disgustos a los demás –me espetó, evitando mirarme a los ojos −. Igual. Igual que tu padre. Además de tener los brazos y el cuello cortos, la chepa como una pelota, también os parecéis en todo lo demás. Acabarás siendo una borracha como él. Sólo espero que no te ahorques también tú como ese cobarde.                       
−¡Mamá! –Exclamé, cubriéndome el rostro con ambas manos. No pude contener las lágrimas. Los picotazos de su crueldad me estaban desgarrando las tripas.                       
Sin mirar atrás, salió mi madre con la cabeza más alta que la Torre Eiffel, orgullosa de su maldad. Marcharon todos, uno tras otro, con cara de disgusto. Y yo quería morirme de pena. Me quedé sola. Y con ello, aliviada.                                                                
Presta a meterme en la cama, esa noche, al desnudarme ante el gato, por primera vez me avergoncé en su presencia. De hecho, me di la vuelta y apagué la luz. Más tranquila, me desprendí de mis bragas y me enfundé el pijama a rombos. Légolas, el gato algo tuerto y negro, mi amado felino, ya me esperaba tumbado cuan largo era sobre la cama, como un amante iluso. Daba muestras de gran alegría, pues sus ronroneos llenaron todos los silencios en la casa. A parte de eso, todos los ruidos del mundo se habían parado y las sombras quedaron quietas: sólo estábamos el gato y yo. Me sentía al fin en paz, ilusa, por saber que me iba a reunir con Légolas.                                   
De vez en cuando, en la vida gozábamos de revelaciones  que vertían luz y ponían orden en lo que instantes antes parecía insoportable y tenebroso, transformándolo todo en amable y coherente. Mi amor por el gato era absoluto. De otro mundo. No de éste, dónde los unos de abucheaban a los otros despiadados. Dónde nadie quería de verdad a nadie. Y todo era un ridículo vals de las formas.  La culpa la tenían los otros. En efecto, así  era. Con la indiferencia, la incomprensión y la mala baba de éstos, comenzó todo en realidad.                                                              
Aun me pareció oír a mi madre; algo alusivo a mis patas cortas que acabó en chiste, ella con el dedo señalando; cuando al fin en la cama, abracé al gato y éste a mí con su pata. Cerrando los ojos y ciñéndome más y más a él, vi confirmada mi creencia de que las almas afines terminarían por juntarse. No importando en absoluto el envoltorio que nos contenía, ni la especie a la que pertenecíamos.                                                                                       

El gato y yo, cuando nos abrazábamos así, éramos uno. Respirábamos sin trabas uno el aliento del otro. En aquellos instantes, el mundo estaba parado. El sentimiento de afecto era imperioso, fluido y espontáneo, y, tal vez, el temor a perder al gato -miedo situado en el pecho como una espina mala- estribaba en hondo dolor. Pues yo era consciente que un día, no más lejano a diez años, el gato moriría un día u otro, mientras yo aún tardaría una eternidad en irme del miserable mundo. Una simple diferencia de especies. En realidad, ese miedo se enroscaba en cada abrazo con el felino, como una serpiente venenosa.                       

Consciente de ello, me apretujé más y más y más todavía a Légolas. Casi no podíamos respirar, pero el gato también se estrujó contra mi cuello y contra mi cabeza hasta casi asfixiarme, probablemente en el mismo empeño de fundirse en mí, como yo deseaba fundirme en él.                                                                         
En aquello idilio solíamos permanecer inmutables, disolviéndose ronroneos y latidos de corazón, hasta quedarnos dormidos. El gato comprendía muy bien que en ese cuerpecillo deleznable en el cual me ocultaba yo y que él abrazaba con sus patas, tras esa imagen de mí, retorcida y grotesca, se ocultaba un alma amatoria que sufría horriblemente y que conservaba sangrantes todas las huellas de los rechazos. Sabía que debido a su existencia, yo soportaba las pullas y mis amarguras eternas con entereza, y junto a él ya no tenía razón para sufrir.

Mientras ventanas afuera, la noche invernal y plomiza, se filtraba cobardemente por las grietas, yo aspiraba el aroma a gato, mezclado con los efluvios de un cirio extingo. Justo entonces, fue cuando más amor sentí  por el animal y deseé con todas mis fuerzas, con cada átomo de mi miserable cuerpo, fundirme de tal modo con Légolas, para acabar siendo gata en él. Deseé ser su compañera gata. Ser una gata atigrada y parda, para gustarle también físicamente al gato, para que me amara de todas las maneras posibles. Maneras amatorias también físicas, para que Légolas me engendrara unos cachorros preciosos. Para que fuéramos una familia y nos amáramos para siempre.               
Pero ante todas las cosas, para así de ese modo juntar mi tiempo con el suyo y acabar muriéndome en un intervalo de tiempo no demasiado distanciado del suyo.                                
Deseé y re deseé aquello con tanta fuerza, con un ahínco tan agudo que de súbito sentí quebrárseme todos los huesos en mis adentros. Mis huesos crujían y me comenzó a dolor hasta el pelo. El estómago me ardía y un carrusel se había metido en mi cabeza. Creí que habían sido mis pensamientos cooperando en mi psique, forjando todos aquellos somáticos síntomas, además de una repentina rigidez y entumecimiento. Légolas a mi lado maulaba. Entonces llegó a mi olfato una oleada de intensos olores, nunca antes presentidos, como si éste se me hubiera afinado como una embarazada. También me percaté que de pronto, podía reconocer todos los objetos en la oscuridad y todo quedaba envuelto como por un velo. La temperatura corporal debía haberse elevado, porque sudé como un esquimal en África. Me sentí a mi misma líquida como el agua, un algo recorrió mi cuerpo cálido y fluido, como si todo lo que encerrase mi piel se derritiera de repente. El aire lo noté envuelto en un olor a sardinas fritas y la boca se me hizo agua, cuando siempre había yo detestado el pescado. Sobre mi lengua me bailaron muchas palabras de amor por Légolas, tiernas alusiones a su bondad y brillo de corazón de mi compañero gatuno. Percibí un sinfín de impresiones raras y las atribuí a la compensación de mi cerebro a las emociones feas del día. Justo cuando comencé a sujetar el sueño entre el peso de los párpados, vi el hocico del gato muy cerca, su boca abierta y la lengua pasearse sobre mis ojos. Quise darle las buenas noches, pero de mi boca salió un agudo “Miau”.     
El sueño oprimió mi sorpresa ante los sucesos insólitos y me quedé dormida como una recién nacida.

***
Mi despertar a la mañana siguiente no fue menos raro, ya que, me noté el cuerpo extraño. Los muebles se me antojaron más grandes. Las verdes pupilas de Légolas a mi lado resplandecieron con destellos intensos.                                                                        
−¡Buenos días!¿Qué tal has dormido, preciosa? –Escuché tales palabras muy cerca de mi oído, pero conmigo solo estaba el gato. Supuse que mi cerebro, cansado de las palabras hirientes, se había inventado el sonido del “Buenos días” y del piropo. Pero, ¡ay! Al poco descubrí al punto del infarto, que el asunto era bien distinto.                                                                                             
−Soy yo quién te habla, Légolas. Ahora puedes escucharme, al fin. Tu deseo de a noche se hizo real.                                 
−¿Estoy soñando? –La boca me quedó abierta como una cueva, el asombro saliéndome por las orejas, tras comprobar que me sostenía sobre cuatro patas y que éstas eran peludas y de color naranja.                                                                                          
−¿Sientes esto –Légolas me propinó un mordisquito en una de mis orejas, ahora puntiagudas, como comprobé más tarde en el espejo−. Si lo sientes, es que esto es real. Porque yo también lo soy –remató. Pero no movió ni un bigote al hablar.                              
−Desconozco cómo se comunica el resto de especies, pero nosotros, los gatos, nos escuchamos los pensamientos. Por si te preguntabas que por qué razón yo no movía la boca.               

Yo al oírle también intenté hablar, pero sólo me salían “miaus” a diestra y siniestra.                                                           
−No, querida, así no. Con la boca sólo podemos decir eso. A razón de confundir a los tontos humanos, que no conocen nuestro secreto. ¡Piensa con fuerza lo que quieras decirme, lo escucharé igual que tú me oyes a mí pensando! –Me lo dijo con un cariño infinito. Yo escuché al gato, estupefacta. De inmediato, me puse a correr junto a Légolas  por la casa. Probé mis nuevas habilidades de gata con sumo gusto: me subí por las cortinas, salté grandes distancias y clavé las uñas en la moqueta. ¡Qué maravilla!              
De nuevo ante el espejo, comprobé el aspecto de mi nueva envoltura: el pelaje me brillaba como la barba de un irlandés, entre rojos. Mis ojos fulguraban como dos esmeraldas. La miopía había desaparecido. Me había convertido en lo que a Dios hube rogado la noche anterior: en gata parda y atigrada. Todo había cambiado. Excepto mi joroba, ésa seguía ahí, sobre el lomo felino. Y supuse, que todo, todo, no lo incluían los deseos fortuitos en su concesión. No obstante, aunque más cercano a una tortuga que a un gato, me fascinaba mi nuevo aspecto.                 
Légolas se acercó a mí y se me refregó, arrastrado por un empuje de atracción incontenible.                                             
−Ahhh qué bien hueles siendo gata. Te amo… −musitó mi macho, pensando, entrecortadamente−. Nada me importa más que tú. Me eres imprescindible y te quiero con toda mi alma.         
Yo sentí una oleada rápida y tibia en mi corazón, que me ascendía además desde las patas a la garganta. Todo estaba siendo de dulce, como la Navidad humana debería ser. Prodigioso, con milagro incluido.                                                                    
−Deseo amarte. Amarte como mereces, Elvira.                               
Hasta mi horrible nombre de vieja huraña parecía ahora tener sentido, siendo yo una gata. Légolas no paraba de rozarme, me atusaba el pelaje con las patas. Su espontáneo salto a mi lomo me transportó a un séptimo cielo y cuando le sentí los dientes mordisqueándome la nuca, creí desfallecer de placer. La excitación del gato aumentó a la mía propia. Yo maullaba y el otro me mordía más fuerte el pescuezo. Nuestra cópula me hacía olvidarlo todo. Dos almas unidas en suprema dicha. Los humanos y su cochino mundo, me importaban ya un ardite.

***
Tras una eternidad de goce, oímos el penoso arrastre de unos pies llegando. De un brinco, abandonó Légolas mi chepa al verse sorprendido por la mirada ojiplática de mi ex consorte humano.                                                                                                 
−¿Qué coños…? ¿Te traes a las gatas a casa, bicho? ¿Es que no era eso justo al revés, que los gatos vais por ahí durante meses a preñar a cuantas gatas se presten por el camino? De todos modos, aquí no queremos más bichos –y dicho aquello se lanzó a agarrarme. En su intento fallido, me persiguió por toda la casa, hasta al final arrinconarme. En mi desesperación, el asunto cooperaba a no tener más narices que saltarle a la cara y clavarle las uñas con saña. Me vi forzada a sacarle los ojos y aplaudir tal desgarro. Y quizás también había en tal hazaña más de una pizca de rencor.                                                                                        
El otro gritaba y chillaba como un marrano y yo quedé enganchada a sus mejillas. Finalmente, con un fuerte manotazo, me tiró al suelo, con la mala suerte de darme con los morros contra una figura de mármol. Quedé aturdida y el otro no vaciló al agarrarme y tirarme por la ventana abierta. Por fortuna, los gatos durante las caídas desde lo alto, nos damos la vuelta en el aire y caemos siempre de cuatro patas.                                                  
Légolas, que había saltado a la repisa de la ventana, me miraba impotente desde lo alto.                                                            
−Me iré contigo, Elvira –me hizo saber, pensando. Pues los pensamientos de los gatos atravesaban todas las distancias para hacerse audibles.                                                                
Durante unas largas y frías horas, me quedé ahí sentada, al lado de la puerta de la calle. Esperando que algo ocurriera. A eso de las cinco de la tarde −así supuse, pues el tiempo para los gatos es un algo impreciso−  se abrió la puerta de casa y salió el humanoide al exterior, tras él vi escabullirse a toda prisa a Légolas. Corría en mi dirección.                                                   
−Eh, ¿a dónde vas, bicho salido? Cuando vuelvas te coseré a palos –oímos gritar al otro, enfurecido como un loco, mientras ambos, de un salto, vencimos la altura del muro que nos conduciría a la libertad. Aturdidos, no supimos a dónde ir, pues la calle estaba llena de gente; la calle vomitaba toneladas de gente abrigada. Entraban en las casas con regalos y éstas las devolvía con los brazos vacíos. De aquel constante ir y venir, dedujimos Légolas y yo que la existencia toda, tanto de humanos o de gatos, consistía llanamente en eso: en ir cargado y volver vacío, en fluctuar, en ir y venir, en aparecer y desaparecer, ¡Abra cadabra, pata de cabra! Estás y ya no estás. Segada toda trayectoria última por la guadaña de la muerte.                   
Corrimos mucho rato, hasta casi llegando el ocaso vislumbrar a lo lejos una suerte de pajar. Éste se erguía al otro lado de una transitada carretera. Y de ser lo que aparentaba ser, hallaríamos al fin descanso sin ser advertidos.                                    
Mientras la humanidad en su mundo festejaba la navidad, entre platos abundantes y suculentos, nosotros estábamos muertos de hambre, tras muchas horas agotadoras en la intemperie. Mientras los otros cantarían sus villancicos, achispados por el cava, a nosotros nos tocaba averiguar cómo traspasar una carretera en la cual la intermitencia de vehículos cruzándose no parecía tener fin.                                                                    
Miré con temor a Légolas y escuché el ruido de sus tripas vacías.                                                                                     
−Dónde hay pajares, hay ratones. No temas, mi amor. Ésta noche aprenderé a cazarlos a tu lado –traté de tranquilizar a mi amado, antes de lanzarme a cruzar el peligrosísimo reto.    
−A la de tres, echaré a correr. Y cuando veas otro hueco, vienes tú. Es menos peligroso hacerlo por separado –rematé. Me daba perfecta cuenta que todavía actuaba humanamente: tomando las decisiones. Luego de pensar aquello, corrí como una desesperada, con toda la velocidad que me brindaban mis cuatro patas y me dejé caer en la hierba, tras al fin haber alcanzado la acera de enfrente.                                                                  
−¡Ahora! ¡Corre! –grité al otro con el pensamiento.

***
Las tragedias, como suele ocurrir en la vida, llegan como los relámpagos. A penas te dan tiempo a reaccionar.                            
Se oyó el leve frenazo de un coche, pero cuyo conductor, seguramente al advertir de que tan sólo se trataba de un bicho que impactó entre las ruedas, aminó su marcha como si nada. A nadie le remordía la conciencia, el haber atropellado a un gato callejero. Total, eran muchos y casi una plaga.                                        
Enfrente de mi vista, quedó de cuanto fuera Légolas: no más que una loncha plana entre una gran mancha de sangre. Ésta brillaba en el asfalto con cada ida y venida de un nuevo vehículo. El horror me estrangulaba. Quise gritar, pero ya no tenía voz. Quise llorar pero olvidé que los gatos no teníamos lágrimas. El alma se me estaba destripando como un pescado. Muy denso, un chaparrón tremendo había comenzado a caer desde las alturas, como si éste vertiera cubos de agua desde lo alto. A muy mala leche. Dios lloraba de puro furor. Resaltaban los chorros de agua sobre el ahora plateado asfalto, borrando la sangre y los restos materiales de Légolas hasta no dejar nada.

Abra cadabra. Pata de cabra. Estás. Desapareces. Vienes y te vas. La vida, cruel señora de negro.                                                            
El corazón iba a estallarme como la cabeza de un pájaro en las palancas de un cascanueces.                                                      
La helada lluvia ni me importó, pese a la gatuna repugnancia al agua. La humedad pareció quererme agujerear el pelaje y el gélido viento se me introdujo, inmisericorde, bajo los pelos del bigote. Me sentí completamente naufraga en aquel mar, de lluvia y humanidad cruel, imposible ya, sostenerme a flote.       
Mi alma, dispuesta estaba toda ella a dejarse disolver por el chaparrón, tan deshecho estaba yo.  Las gotas de la lluvia se mezclaron con mis invisibles lágrimas que ahora brotaban imparables, como un manantial de humo furioso del corazón. Rompí a aullar con una fuerza incontrolable, a golpes de pecho, entre sollozos y bramidos de lobo. Mis ojos desorbitados, idos a lo alto, a lo imposible. Los negros ojos de la impotencia quisieron borrar mi mirada. También borrarme la conciencia. También el alma y el aliento, mientras me petrificaban con el poder de la Medusa.  Todo y nada adquirió ahora sentido. Levanté la cabeza, parsimoniosa, y la alcé al cielo. A la vez, con mis patas delanteras hice lo propio, a punto de gritar cual humana que fui.   
Yo estaba fuera de mí misma, en el interior de toda la desesperación posible.

***
La alteración entre pena y alegría, entre oscuridad y luz continuaría su intermitencia en el mundo. Un día todo parecía destruido, toda existencia destrozada, desolada y sin sentido. Y al día siguiente, todo volvía a ser espléndido, sencillamente espléndido. Me sentí enloquecer por la mera existencia de esa posibilidad, porque ahora no quise aceptarla. Aunque siempre, en el futuro, uno acaba comprendiendo las realidades de la vida.

***
Légolas, Légolas…No…¡No! ¡Quieto! –Descubrí muerta de la pena, que los gatos también sufren pesadillas. No recordé cómo había llegado al pajar, ni cuándo me había quedado dormida, pero desperté entre la hierba seca, completamente deshecha. El hambre mordía mis entrañas con dientes de lobo. No quedaba otra que ponerle remedio.                                                                    
Tras muchas horas de espera, a la mañana del siguiente día observé a dos ratones diminutos y de nerviosa movilidad en sus ires y venires. Me agaché, plana cual besugo y con una precisión maquinal me lancé de bruces sobre una de las víctimas. No me lo pensé dos veces antes de engullirla por completo. Al otro roedor le aguardó la misma suerte. El hambre era para todos igual.                  
No recuerdo cuantos días, cuantas noches y quizás un mes de los humanos, estuve obligada a vivir así, cuando empecé a tener molestias para correr. Mi barriga había aumentado notablemente su tamaño y comencé a sentir muchas molestias. Apenas rotas las tinieblas por una luz, se me sumaba a la pena esta clase de molestias extrañas.                                                     
Una tarde decidí abandonar el lugar y enfilarme rumbo a mi antigua casa, en la diminuta esperanza de encontrar un rescoldo de piedad en el corazón de mi antiguo compañero humano. Mientras caminé largos ratos, escuché los tañidos del reloj de la iglesia del pueblo sonar con furor. Oí dar el cuarto, las tres y media y las cuatro, pero el sonido no paraba, austero y crispante. Como una aspersión de eternidad se metió en mis orejas. Escuché a unas humanas viejas cuchichear entre ellas.             
−Es la misa para Elvira Suárez. Que como sabes, tras encontrarla el novio muerta en la cama la mañana de Navidad, no pudieron darle sepultura hasta ahora, por temas de la autopsia. La Policía aun mantiene todo bajo secreto de sumario. Pero tan pronto me entere de algo, te cuento…                                     
Lo referido por las cacatúas, cotillas y católicas de manual, me alcanzó como un látigo, pero lo que a mí me concernía, yo estaba muy viva y coleante. No podía entender de quién sería el cadáver hallado. Pues yo estaba ahí, en un cuerpo de gata. Empero, algo fuera de toda lógica me cegó y una indignación desconocida me sacudió el cuerpecillo felino, como un acuciante hormigueo. Y entonces vi a mi madre colgada del brazo de su consorte, vestida de luto, arrastrase al interior de la iglesia.                     
−¡Mi hija! Mi pobre hija… −Casi me estremeció oír su voz hiposa, entre sollozos que no parecían fingidos. Decidida, me escabullí tras ella, hasta el interior del oratorio. Cuando pude ver al cadáver a través del sarcófago acristalado, contuve la respiración en un tremendo sobresalto: aquella, en efecto, era yo. La mujer humana que había sido. Me miré a mí misma, concentrada en los labios entreabiertos y exangües, la nariz patatera contraída como si fuera a estornudar.                                          
Hacía, de pronto, un frío espantoso, acentuado por el insistente repicar de las campanas. Mi madre, que no me advirtió metamorfoseada en gata, sí vio ascender mi aliento en borbotones blancos, paulatinamente hacía arriba, de modo que daba la impresión de que la muerta respiraba. Lo último que vi, es a mi señora madre desmayarse en el suelo y el gentío arremolinarse a su alrededor. Al poco, alguien al fin me advirtió y exclamó: −se ha colado un gato al funeral. ¡Echadlo a la calle!

***
Cerca del ocaso, llegué al fin a las puertas de mi antigua casa, y contemplé con horror que el cartel con mi nombre que cubría el buzón había sido sustituido por el nombre del humanoide y el de otra mujer “Sara Fernández”.                                     
El perfil de unas sombras morreándose en la ventana me hizo descubrirlo todo: los dos, quedamente abrazados. Se mecían al ritmo del macabro triunfo, como dos árboles en el viento.              
Boquiabierta los miré desde abajo, inmóvil en el mismo sitio. Comencé a ronronear. Los gatos ronroneamos no sólo de contentos, sino también ante el dolor extremo. ¿Cómo había podido…? Parpadeé repentinamente. Me froté los ojos con la pata derecha, como si tratara de borrar  la escena, de borrarlos a los dos. El muy marrano me había suplantado por un bellezón rubio de tetas esféricas. Y lo peor: se había hecho con mi propiedad. ¡Mal rayo lo partiera!     

***
Indignada y herida de la muerte, arrastré mi barriga de vuelta, al campo, dónde mi único hogar era un frugal pajar y mi soledad.                                                                                                        
Los días corrían como liebres y una noche del mes de enero, empecé a sentir un dolor indescifrable en las tripas. Mi pelo quedó erizado y el cuerpo con el roce de la paja, temblaba como la cuerda tensa de un instrumento. A punto de perder la consciencia, advertí la sangre correr a través de mis extremidades. Y tras la sangre, vi una diminuta cabecita negra de gato.                                                                                       
Luego a eso, un cuerpecito ensangrentado y brillante, se arrastraba por la paja. Tras él, otras tres cabecitas, ésta vez pardas todas, como era yo. El instinto me hizo secarlos a lametazos y de súbito comprendí. Todo el dolor de los últimos días, se tornó entonces –era la magia de la maternidad- en felicidad rebosante.                                                              
−Miau. Miau. Miau. Miau. –Había traído al mundo a cuatro pequeñines. Uno igual a su padre, Légolas. Y las otras tres, que resultaron ser gatitas, igual a mí.

***
El mundo que había sido una cosa marrana, volvía a tener brillos de luz. Mi nueva felicidad me exigía la caza continua de ratones, a modo de dar yo la leche suficiente para mis cuatro angelitos.                                                              
La pronta consunción de roedores en el pajar y en los aledaños, me obligó a ampliar mi coto de caza. Así las cosas, una cálida tarde de primavera, me acerqué a un pequeño casucho no muy lejos del pajar. Lo inspeccioné curiosa, con mi prole tras mis pasos y comprobé que había por la zona más que suficientes viandas. Para mi sorpresa, la puerta se abrió de sopetón y ante mi vista quedó una humana entrada en años. De inmediato me vio y quedé paralizada por el susto. Su rostro amable, transmitía simpatía, bondad y sosiego. Entonces, algo me hizo confiar.               
−Ay, ¡por dios! ¡Qué gata tan hermosa y cuantos gatitos con ella! –exclamó la vieja, dando una palmada, como si hubiera avistado una manada de hadas−. ¿Así que es a ti a quién debo la ausencia de ratones desde hace unos meses? ¡Buen trabajo!           
Acto seguido, enfiló la punta de sus pantuflas casa adentro y volvió con un gran plato de leche.                                                 
−¡Tomad! Que no sólo de ratones vive el gato…             
Los cinco nos acercamos entre ronroneos  de puro agradecimiento. Tanto yo, como Légolas mi primogénito y las gatitas, nos restregamos contra las piernas varicadas de la mujer.                                                                                             
−Quiero que os quedéis conmigo. Así se hará mucho más llevable mi soledad y a cambio de que me cacéis los ratones, siempre tendréis vuestro plato de leche y lo que se tercie, a vuestra disposición.  
***
Volvía el sentido de las cosas y de la vida. El sol brillaba con alegría y una mariposa se posó juguetona sobre la nariz de Légolas.                                                                   
Cuando Alba –así supe más tarde, se llamaba la abuela− me aupó a su regazo, me sentí feliz. Feliz de verdad. Casi tan feliz como estando con mi amado Légolas, que en paz descansaba. Yo estaba perpleja por la cantidad de cosas buenas que se iban sucediendo. Se trataba de una llegada sobrecogedora. El sol me iluminó al mirar los ojos de la noble mujer.                                          
−Miau. Miau –le dije entre fuertes ronroneos, como si de verdad los gatos sólo pudiéramos decir aquello.                        
Quedé bañada en luz. Levanté el mentón. Empezaron a cuadrar los detalles entre los recuerdos.                                                
−Sé que lo más probable sea que no me entiendas, gatita –susurró cariñosamente Alba, conmigo encima de sus rodillas−. Pero aún así voy a aventurarme a contrate una leyenda de entre las campesinas.                                                                                 
“Se dice que cuando una persona buena sufre de una muerte injusta, suele encarnarse en gato, para seguir haciendo el Bien a los necesitados y faltos del cariño verdadero. Los gatos sois, en verdad, criaturas mágicas. Yo sé que encerráis muchísimos secretos y también leéis los pensamientos de las personas. Y como existís en el mundo por una causa muy grande, algunas personas grandes tendrán la suerte de volver como gatos a rematar su evolución. Esa es la razón, porque muchas veces aparecéis de sopetón en la puerta de alguien como yo, sin saber de dónde habéis salido. Es un misterio maravilloso”.                           
Tras hablar, Alba repartió sus caricias entre los cinco y la felicidad vino a instalarse en nuestros corazones como la primavera en los campos agrestes.                                                         
Fue algunas semanas más tarde, hacía un sol espléndido, cuando de un salto descubrí la portada del periódico de ese día, dónde rezaba                                                                            
“Detenido por asesinato con premeditación la pareja de Elvira Suárez. Asesinato por envenenamiento”.                               
De alguna parte llegó ahora música. El himno de la alegría se deslizó como un espectro entre todo resto de mis desolaciones.

***
Ahora sonreí tranquila. Por suerte algunos humanos también sonreían con la bondad de su corazón. Ahora lo sabía. Pero no obstante, los gatos sonreímos muchas veces, pero qué pocas de esas veces quedaban advertidas por el mundo…En verdad, no sólo a los gatos se debía la magia del mundo. Por suerte, también a algunas personas humanas, que contribuían a hacer del mundo un lugar mejor.

FIN.

Sub umbra floreo: c.bürk



Comentarios

  1. Precioso Claudia, me ha encantado. Es emotivo , sensible y termina con un fantástico mensaje de esperanza. Sí, siempre queda alguna buena gente que hacen de este mundo un lugar mejor.
    Enhorabuena por el relato, es un magnífico trabajo.

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  2. ¡¡Muchísimas gracias mi querido amigo!! Aunque había alguna falta que corregir, ya que por ejemplo el word puso "tíñelas" en vez de "tinieblas" etc. Etc, y la razón fue que al cuadrar el texto desde el formato para libro a éste, se me cortaron palabras y al pasar luego el corrector las identificó mal. Un beso muy grande y muy feliz porque lo hayas leído. Me basta únicamente que me leas tú. Con eso soy muy feliz.

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  3. Un relato maravilloso sencillamente. Destila una sensibilidad maravillosa y un final que alumbra la esperanza que hoy tanto falta. Muchisimas felicidades.

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  4. Un hermoso cuento de realismo fantástico. Para mi gusto tarda un poco en llegar la accion. El resto lo he devorado. Espero que no llegue a ser autobiográfico.

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  5. Un hermoso cuento de realismo fantástico. Para mi gusto tarda un poco en llegar la accion. El resto lo he devorado. Espero que no llegue a ser autobiográfico.

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  6. Enhorabuena por el relato. Me encanta cómo las descripciones se tornan casi líricas, poéticas. Demuestras tener una gran sensibilidad. ¡Debo reconocer que no me esperaba el final!

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