Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

El héroe






La ayuda sobrenatural, o eso que algunos “no entienden” como natural, y  llaman entonces “sobrenatural”;  asiste, siempre y en todos los casos a los héroes. 

En la tierra, desde la noche de los tiempos, hubo y habrá muchos héroes distintos. Hombres y mujeres de pronombre que nacían predestinados. Algunos de entre ellos, llevaban a cabo grandes hazañas para la humanidad, luchas o logros. Otros convertían el mundo con sus ideas e inventos. Y había también otra clase de adalides que aceptaban mucho antes de nacer, en un pacto sagrado, convertirse en héroes mediante alguna renuncia. La gente en el mundo los reconocía a todos como distintos, mientras esos insignes en cuestión veían distinta a las gentes. Sólo se nacía héroe ésa vez. Siempre y cuando durante las otras muchas veces que se hubo nacido y muerto, uno se había elevado a sí mismo mediante los muchos sufrimientos y trabas. Y esos calificativos en cuestión no eran otra cosa que perlas, jabones que lavaban las almas, pero que no obstante en nuestro mundo eran vistos como malos e indeseados. 

El protagonista de ésta historia, Víctor, era un alma muy lavada por las multiples y distintas vidas que hubo vivido en diferentes lugares y cuerpos. Así que aceptó, de muy buen grado, antes de venir en el tiempo en que transcurre lo narrado, llegar a éste mundo cómo ese héroe que renuncia a algo importante. De modo que le tocaría vivir en esta vida actual careciendo a voluntad de sus piernas y parte de su cuerpo. 

Como también es natural, pero nadie recuerda por éstos lares, Víctor no recordó en absoluto su pacto con las altas esferas tras nacer, ni al crecer como un niño muy despierto, imaginativo y sanísimo. Nuestro protagonista creció viendo todo aquello que los hombres llamaban “diferencias” entre ellos mismos. Y quiso creer que era absurdo que los hombres establecieran disonancias entre ellos, porque Víctor, en su infantil mirada todavía pudo ver a todos los seres, hombres y animales, iguales. 

El estaba siendo un niño muy querido. Cada día solía salir largos ratos a pasear en bicicleta. Una actividad que le llenaba y le dejaba imaginar al son de los parajes pasando ante sus ojos, como cortinas de colores. Su madre tras el alba, al despedirse del chico, lo apretaba largamente contra su corazón, como si le costara desprenderse de él, como si intuyera que por alguna razón debía retenerle. Víctor, que oía palpitar el corazón de su madre, aquel corazón –noble como él de una gran reina-  la tranquilizaba diciéndole                                                                                                           
−No temas, mamá, antes de que se haga de noche estaré de vuelta, en casa.
Sin embargo, esas salidas a dos ruedas se alargaban cada vez más. Víctor devoraba los kilómetros como se devoraban las chucherías esas, que de largas que eran, hacían que te atragantaras.   
Llegaban los domingos, la música, las misas y las niñas vestidas con sus faldas buenas. Pero nuestro protagonista prefería también ese día y todos los días, correr, más que  pasear despacio, con su bicicleta de color de plata.
Víctor no podía parar. Necesitaba engullir más y más kilómetros y luego consolaba sus agujetas  con grandes vasos de limonada y azúcar, no se hiciera tarde para otra salida en bici. Desaparecían con la velocidad las rejas de las ventanas, las jaulas de los pájaros, las casas que contenían a las gentes. La libertad tenía olor a viento y sabor a mosquitos en la boca.   
Marchaba Víctor a burlar cotos, cercos y barrotes. 


Víctor que no era amigo de festejos, ni alborotos, ni gentes, ni domingos. Solía llegar eufórico a casa tras retar cinco kilómetros más a la suma de otros tantos, y entonces se colgaba de un árbol y estiraba los brazos a la tierra, crecido a la inversa mientras se le subía la sangre a la cabeza y lo veía todo rojo. Saltaba después a tierra y era feliz, cómo lo eran esos muchachos ansiosos de la gloria sin conciencia del peligro.

-¡Tienes que cenar!  –Avisaba su madre. Por toda respuesta, el muchacho abortó el conato de aquella frase con una sacudida de manos. Dicho desnudamente, Víctor prefería vivir, a perder el tiempo comiendo. Su madre no sabía si enfadarse o reír en un contento ataque de complicidad. ¡Cómo disfrutaba al ver a su hijo tan despierto!

De pronto un día –lo recordaba nuestro futuro héroe como si ahora fuera- todo tuvo que cambiar para siempre.  

En la vida, cualquier angustioso callejón podía deparar la salida hacía otra parte jamás imaginada, por vivir, por ir e experimentar desde el mayor desafío, desde el desastre más horrendo a la más suertuda de las fortunas.  Pero Víctor y su familia, desde el fatídico día que me permitiré relatar a continuación estaban lejos de comprender aquello, como es natural. A años de entender que el mal siempre ocurre como señuelo del bien posterior. Que no había mal que por el bien no fuera sustituido. Y que todas las cosas, por mucho que se les llamara “desgracias” ocurrían en el mundo siempre con un propósito bueno. Aunque eso no podía apreciarse ni de inmediato ni de cerca desde aquí abajo, en el mundo.

El día de la tragedia, Víctor contaba con veinte años de edad; había salido con la bicicleta a hora temprana de la mañana, hallándose aun muy cerca de su casa. Le dio miedo, de pronto, algo que él no supo identificar. La bici comenzó a tambalearse tras una curva y sin llegar a caerse al suelo, fue envestida por un gran furgón blanco entre estruendos y crujidos más graves que las carracas de la semana santa zamorana. Un conato de dolor intenso atravesó la columna de Víctor, que había caído al centro de la carretera. Luego cerró los ojos y nos los abrió hasta muchas horas más tarde.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? –Víctor desafió sus intuiciones al preguntarle aquello a sus padres, a sus hermanos, que estaban todos con él en aquella sala blanca.  
                  
-Estamos contigo. –Dijo su madre, cerrando la puerta. Luego agarró de nuevo la mano del chico que había dejado caer despacio. Pero Víctor no podía sentir aquellas manos, ni la suya ni la de su madre.
-La vida no es justa. –Dijo las palabras con lágrimas en los ojos, queriéndolas reprimir con esfuerzos titánicos, dirigiéndolas hacía el progenitor de Víctor.
-No –añadió el otro.
-¿Y eso ahora qué importa? –Dijo la hermana del chico en un tono poco convincente.
Víctor se intentó incorporar pero tan sólo su cabeza y su cuello parecían obedecerle. Contempló el resto de su cuerpo cuan largo era, seguían allí todos los miembros que lo componían, pero no los sintió, no sintió nada, ningún dolor, ni un leve hormigueo ni tan siquiera. Y entonces no tardó en comprender. De muy buena gana hubiera querido morir entonces. Todo menos enfrentarse a la terrible realidad. Una realidad que quiso entrar en su razón como la mismísima tormenta, tal era el ímpetu de su llamada. 

Reprimió entonces todas las lágrimas, vertiéndolas hacía dentro. Buscó algo qué decir, que no pareciera sórdido ni inapropiado, pero finalmente lo único que logró hacer era sonreírle a todos. Con la mirada fija en la ventana dónde un gorrión avanzaba dando saltitos, siguió sonriendo y luego habló:
-Será cuestión de centrarme en lo que pueda hacer a partir de ahora y no hacerlo en lo que ya no pueda hacer… -Víctor los miró a todos, de hito en hito, esperando respuestas. Deseaba llorar como un niño pero optó por seguir sonriendo. Porque debía. Se lo debía a ellos.

Pasaron los meses, las lunas y los años, las desgracias y las alegrías, tiempos de rudeza, de murrias, de risas y de rutina. El tiempo es el que pasaba. El que huía sin remedio, mientras parecía dejarlo todo igual: las piernas y el torso sin ser sentidos. Sin picores, sin temblores, sin cosquilleo alguno. Nada. ¡Nada!

Ah, el destino, ¡qué zafío! ¿Que se había pensado el muy canalla? ¿Por qué razón se vertía furioso sobre los menos culpables, los más preparados, los muy valerosos, los muy hechos para el mundo? Cualquiera podía verlo así, el asunto, si miraban a Víctor en su silla de ruedas, moviendo únicamente las manos como podía, con esfuerzos.  

En todas las ambiciones se hallaba vida, movimiento, razón e impulso. Sin embargo, ninguna de ellas adquirían la real importancia, sino cuando eran ambiciones nacidas de las adversidades. Y es que Víctor no se había dejado caer en aquella silla por gusto, ni contra ni con su voluntad. ¡Ni mucho más lejos! Nuestro protagonista fue cultivándose desde ella, desde el primer día de su desgracia o suerte, como el agudo lector entenderá más tarde, con exquisita aquiescencia. Y así comenzó a conocerse a sí mismo. Intensamente, desde su quietud, desde la postración de las horas quietas, negras, lánguidas. Amar así todo lo que podía llegar a ser, desde esa condición. 

Es por eso mismo, que escribo éste relato. Porque Víctor, desde su silenciosa e inmóvil belleza fue despertando en mí el acuciante anhelo de hablar de su condición como ejemplo. Porque yo también era un poco como Víctor, sin ser una héroe cómo a él le había tocado serlo, también había venido al mundo con una renuncia. Yo también estaba siendo como él era; también en mí aleteaba un impulso de honda vida y de ansía profunda que me hacía buscarme a mí misma, lejos de la comprensión y el amor que jamás fueron ni habrían de ser para mí en ésta vida. De esa vida a la que me refiero, muy pocos sabían: me la callaba. Toda. Todas las heridas. Había sido novelesca. Un drama, pero maravilloso. Con salidas y luz. Pero en renuncia a todo lo cotidiano que daban las familias, los niños, los amores. Y esa era mi silla de ruedas particular, mi singular jaula. Trampolín para la vida a su vez…

Pero éste relato no me tiene a mí de protagonista, así que retomando lo que a Víctor se refería, cabe decir que él era la plena realización de mi ideal y reunía en sí las perfecciones que había imaginado para ese ser humano, que pudiera llamarse a sí mismo realmente hombre.

Se dice, que los peces al agua pertenecen, las vacas a los prados, las cabras al monte. La sentencia es bien cierta si es bien cierto también que el hombre, ese que osa convertirse en un hombre, lejos de su parte animal, se pertenece a sí mismo. Se debe a su intelecto y a su imaginación. En cuanto sea capaz de convertirse desde ello. 

Las muchas par de vueltas de Víctor por las regiones de su espíritu y su llamada a la plenitud podrían muy bien compararse con la travesía de un afanado viajero, con la diferencia de que a Víctor no le costó ningún dinero su conversión, ni esfuerzo, ni desplazamientos,  ni demás demases. 

La imaginación encendía miles de luces en la cabeza de Víctor, a mil años de luz también de todos aquellos otros, que, aun sabiendo andar, correr y nadar morían a diario en el vano intento de ponerle marcos al cielo. Nuestro protagonista, debido a sus singulares circunstancias estaba consiguiendo que la quietud hiciera posible la contemplación de lo ignorado por simple, por banal. Hacía posible la contemplación de nubes y estrellas y descubrir en ellas lo nunca observado, obteniendo la dicha inmensa de levantar en un gesto único la cabeza para implorar al Eterno.  

Todas las páginas impresas en los libros, ¡qué poco sabían de todo aquello! Eran las intuiciones que Víctor trató de confirmar en algunos de esos libros, las que hacían que los cerraba sonriente. Entonces volvía a mirar arriba, abajo, al alto cielo, al hondo abismo de las cosas, sabiendo que en todos aquellos matices se hallaba la voz de Dios.

La observación llegó a darle alas tan grandes, que nuestro protagonista olvidaba la silla y sus ruedas tan poco redondas a su parecer, sus piernas paradas, su torso quedo, para vivir únicamente desde dentro de sí mismo hasta convertirse en Tiziano, de tanto pintar, pese a no tener las manos del todo ágiles. Como aquél que corre con un peso en la espalda para ser más veloz que nadie, una vez desprendido el lastre.
¡Oh! ¡Aquellas nubes! ¡Aquellas estrellas! ¿Qué había, desde éste mundo, más hermoso que ellas? Eran blandas y tranquilas las estrellas, como recién nacidos. Pautas del eterno divagar de la mente. 
También Víctor era una estrella, una nube más, atravesando raudo el horizonte de la vida. Suspenso entre tiempo y eternidad, con tiempo para las maneras verdaderas. ¿Y qué más hermoso que el grillar de los escorpiones cebolleros que todos en su bendita ignorancia confundían con grillos? 

Habitaba en la desgracia de Víctor algo noble y generoso, un mucho de un algo triunfante; el descubrir la verdad desde el corazón con fogosa hondura. Las estrellas, las nubes y los escorpiones cebolleros se lo contaban todo a nuestro protagonista y él escuchaba, silencioso; la complaciente sonrisa siempre ladeada sobre los labios, repleto de fervor, transido en ese éxtasis que sólo brinda la imaginación. Aquel era su íntimo triunfo. La Victoria. Victoria. ¡Víctor! El que vence. Y Víctor triunfó componiendo las más bellas melodías. Pintó cuadros a los que Tiziano hubiera tenido mucho que envidiar. Aprendió idiomas. Cumbres elegidas por encima de todas las montañas visibles para los otros. No había obstáculo. Libertad. Libertad…

En fin, que antes faltaba el sol en la mañana que oír a Víctor lamentarse. Al igual que livianas plumas, las manos de Víctor avanzaban sobre los lienzos y las partiduras, atendiendo con toda su alma las instrucciones que los crudos reversos de la vida mostraban a sus asistentes.

-Un día volveré a caminar. A correr con la bici. A pintar con las manos sueltas. Para ése día me entreno; será llegar al último peldaño de la escalera y que un día, solo ese día, me separará de ésta silla y del mundo –Víctor me lo dijo con convicción. Porque la esperanza es la mayor de las certezas y ella todo lo hace posible. Yo no podía más que asistir. Darle la razón. Una nueva vida le esperaría a la salida del su gran ensayo. Tal vez entonces llegaría el momento de descubrir lo que los demás, esos a los que, por ahora, todavía no les había tocado ser héroes, ignoraban de la vida. 

-El placer de vivir consiste en que no sé qué espero que me suceda. Cómo nada debe suceder, sólo puede suceder algo –Víctor al hablar chorreaba personalidad y sabiduría-. Shht –me dijo -. ¡Te conozco! Espía de las cerraduras, coleccionista de palabras y recortes de periódico, buscadora de los reconocedores de lo auténtico, como esos que espían hacía arriba desde las alcantarillas en los días de mucho viento, cada tantas palabras invisibles.

¡Y vaya si me conocía! ¡Y vaya si se conocía!
***
Veinte años más tarde de los veinte años posteriores, se cumplió el significado de todas nuestras esperanzas, las de Víctor y las mías: llamaron a Víctor desde Estados Unidos. Ya era posible recomponer ese nervio situada en la octava vértebra. Hubo muchos antes que Víctor que ahora corrían y saltaban, tras años de quietud absoluta. 

Cuando nuestro hombre regresó a casa, sus padres ya muy ancianos, sus hermanos y sobrinos, toda la familia, lo estaban esperando. Desde la ondulada distancia Víctor oyó a su madre gritar de alegría, como una mujer quieta en una costa opuesta. Así que no dudó en correr hacía ella, abrazarla, envolver a todos con sus ya ágiles brazos; repartir todos los besos que en todos esos años se había reservado para ese momento. ¡Y estaba sucediendo! Todos lloraron, pero de alegría –en el oficio de gastar muchos pañuelos de papel-. 

Y yo que por aquel entonces ya estaba muerta, lo vi todo desde arriba. Desde esas, las mismas nubes, las mismas estrellas y desde los sonidos de los escorpiones cebolleros que habían sido testigos tantos y tantos años de nuestra esperanza. Yo, la amiga incondicional, pude por fin ver al héroe coronado. Preparado. Dispuesto. 

En aquella afanada alegría hacían tanto ruido como para despertar a cualquier muerta. ¡Y vaya si estaba yo despierta! ¡Qué maravilloso comienzo!
¿Dije algo?
No podían escucharlo. Y tampoco importaba. Víctor miró un poco serio, un único segundo medido por el reloj de la pared, en la dirección desde dónde yo les miraba, después desvió su mirar a otra parte. La sobrina de Víctor se echó el chal que ceñía su cuello a un lado, y sin advertirme, me rozó con él en la punta de la nariz. ¡Y sentí cosquillas como estando viva de nuevo! 

Entonces sumamente divertida, hice rodar dos céntimos de su monedero por el suelo. Los empujé con tal ímpetu que ambos peniques rodaban en perfecta armonía, uno al lado del otro. 

-¡Qué extraño! –comentó Víctor, carraspeando. Luego me miró directamente, como si me viera. Entonces le guiñé un ojo. 

¡La payasa de siempre!

Para mi pasmo, me devolvió el guiño, largo, deliberado, con repentina, renovada alegría, deformándole ésta toda la cara en una graciosísima mueca que hizo que los ojos le chispearan como luciérnagas en una noche de verano.
-Sé que estás ahí –me dijo, de pie, con su metro setenta y ocho de altura, ahora bien desplegado. Luego moldeó el aire con sus manos y yo cerré los ojos.
¡Tocada!
-Un buen comienzo –susurré. Y sí. Los milagros existían. También los avances científicos, si prefiere llamarse así. Pero la ayuda sobrenatural, o eso que algunos “no entienden” como natural, y  llaman entonces “sobrenatural”;  asiste, siempre, siempre; en todos los casos a los verdaderos héroes.

Dedicado con todo mi corazón a V. B.

Sub umbra floreo: c.bürk



Comentarios

  1. “De modo que le tocaría vivir en esta vida actual careciendo a voluntad de sus piernas y parte de su cuerpo.”
    Esto, te recomiendo que lo quites, que el punto final del párrafo sea en “renuncia a algo importante.”, para que el lector vaya de sorpresa en sorpresa, como en un paseo de bicicleta. El relato tiene esa posibilidad, pero si se revela lo primero, ya lo otro como que no tiene sabor; si vas enseñando las cosas poco a poco, resulta asombroso y a la vez, apabullantemente lógico.

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