Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Las muchas maneras de ser rara





Las muchas maneras de ser rara

I
gnoro las razones que tuvo Dios por hacerme nacer con ciertas manías. Soy una fanática de la observación. A mí no me dieron cinco sentidos: me dieron cinco continentes de ojos y pieles y bocas. De narices y de orejas. A fuerza de estar pendiente de lo insignificante, me pierdo la vida o no sé, si quizás la gano.


Eso se lo dejo a la elección de los entendidos. Día tras día mi mente se ocupa en los detalles surrealistas, mientras escucho las risas de Steve Jobs y Bill Gates –uno aquí, el otro más allá− con la guasa en el rostro de los dos, repitiendo el mismo chiste para tontos.

«Jajaja. Tomad nuestros gadgest y dadnos el alma.»

El mundo entero conectado a sus aparatos, con los ojos perdidos en pantallas irreales, las bocas abiertas, sedientas de bites. Cuesta reconocerlo −a los otros, claro− pero ni sus vidas ni sus almas, ya les pertenecen. Apenas nadie me ve, con excepción de alguna hormiga, que como yo, mira lo imposible de ver, cuando ando por ahí desentrañando realidades. Y miro a los otros de lejos y cómo esa humanidad entera, con la excepción de alguna tribu africana perdida en la selva, se ha convertido en serpientes ciegas dejándose hipnotizar por la música envenenada de un faquir de coltán: esa pócima podrida por la que la mitad del mundo muere de hambre y las especies se extinguen.                                                                                                                       
 Compran. Venden. Consumen. Ciegos como topos que huyen del sol a las bombillas. 

Y mientras el mundo entero se ocupa en tales menesteres, yo planté mi decisión de seguirlo junto a la cuchara para las sopas bobas y las cenas de egregios escritores y expertos lingüísticos, que me quieren hacer escribir lo que con muchas ganas me paso por el forro. La crema de langosta que vomito en cercanía de  los prosistas venales y a su vez, sobre toda esa indómita turba de ufanos editores que velan por esos que yo me niego a ser, como la gorda gallina vela por su culo, esperando ver salir de él huevos de oro. ¡Qué parodia!
Mi vivir es poder y no querer. Si pudiese expresar, tal y como está dentro de mí la vida que paso de vivir, cuanto he pensado y callado, circunspecta para los derrames eruditos, con la soledad que proclama la obviedad con la que se da la pregunta por respuesta, como una niña que contrariada cedió, para no ser excluida del juego…

            To be or not to be. Solo hay que atreverse a elegir. 

El mundo es ahora un puñado de promesas de amor eterno por Whatsapp. Las cornamentas vía chat y todos protagonistas del encierro. Y hasta afloran espejos virtuales que nos convierten en ángeles dorados. Se riza el rizo de la dependencia. Satanás tiene nombre de Iphone. Todo es posible en el “ya y ahora”. Viva la impaciencia. Ésta ya no es defecto, sino chispa del incendio consumista. El verdadero rumbo de las cosas ha quedado profanado. Es la violencia mencionada por Sartre, la de la prisa, la del camino más corto para lograr cualquier avidez.                                          
El amor es un pastel, tajada en mano. El postre es engullido; obviado el aperitivo. 

No recuerdo si fui yo misma o fueron los otros que me hicieron ver que yo no estaba hecha para esta clase de sociedad. Yo nací para el piadoso afecto y la calmada contemplación. El vivir en medio de la soledad acompañada de los otros, se convierte en mi oportunidad de espiarles despiadadamente el alma que ya no tienen. Sin embargo, todos tienen un atado de detalles, desenmarañable para los que son como yo, ahora que andan más distraídos que nunca. Gente de esa, que tiene el mundo agarrado por la cola, o eso creen, porque en realidad se aferran a un Samsung Galaxy de 600 €uros. 

Gente de esa, que antaño señalaba sus prisas en la muñeca; ahora empero, los relojes se metieron en la punta de los dedos índice. Ganó Sartre: vivir es beber sin sed.
Y como soy como soy y se va el tiempo mío tras los cálculos matemáticos imposibles: así a lo tonto, acabo de calcular cuántos pensamientos tenemos los homo sapiens sapiens al día: unos setenta mil, creo. Y de esos muchos, segura creo estar, los esclavos iphonísticos repiten las mismas reflexiones en un 99,9 % día tras día.

Las cosas como son: el mundo actual me va grande, me resulta poco creíble. Ahora podemos, gracias a los avances tecnológicos, entrar en contacto con alguien con el que hemos coincidido en preescolar. O contactar a alguien, averiguar la talla de sus calzoncillos, de quién se cruzó brevemente en nuestro camino. Sin embargo, dudo que nuestros cerebros estén todavía preparados para este tipo de hiperconexión. Ahora nos agilizamos en abordar a desconocidos, mientras tenemos a los más cercanos cada vez más lejos. Respondemos mensajes al instante de quienes a penas conocemos para postergar los de los conocidos. Prima lo inmediato por el morbo a la novedad. Yo no quiero vivir con aparatitos entre mis manos.                                                                   
 En lugar de tablets y móviles, quiero ser lo que los otros tengan para sí. Sueño con un mundo sin suspicacias, rivalidades ni frivolidades. Y mucho menos, un mundo de envidias absurdas.
Pero para no dejarnos controlar ni engañar hay que empezar por no engañarnos a nosotros mismos.
Mi vida está totalmente abierta a esos que no tienen miedo a decir la verdad. Toda la verdad.
Pero…
¡Al aire libre! Fuera del alcance de esos trastos tecnológicos del demonio. Porque ahí lo que veo es soledad. Una horrorosa soledad, poblada de contactos y amigos virtuales, de distracciones y solicitaciones absurdas. Un desierto de valores que nos vuelve confusos.  Me topo con personajes mordaces y agresivos. Veo una arrogancia y un cinismo que da miedo. Pero, ¿qué es la ironía sino una petición desesperada de ayuda? Se diría que ya nadie osa rozar su núcleo existencial, que ya nadie quiere formularse preguntas fundamentales sobre la vida, como ¿quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué está bien y qué está mal? Todo es al tuntún. Y no, gracias, eso no es para mí.

Tildarme de añejada y de bruta, de ignara si queréis; de maleducada; pero nada me resulta más odioso y consigue encolerizarme más que tener que estar localizable por el móvil, por el Facebook o mediante cualquier otro artilugio de control. No veo el motivo de que deba estar para nadie.                                                                                   
Me encanta mi prehistórico vivir; lloro por las ingentes cantidades de tiempo que perdí por el libro de las jetas, pulsando botones y aguantando minutos totalmente improductivos. Me niego a seguir formando parte de toda esa humanidad que se condena alegremente a sí misma a perder el tiempo de esta manera. Me niego a que me sigan controlando, como si llevara una pulsera al tobillo que avisa cuando traspaso el umbral de mi casa o marcho al extranjero. No voy a seguir viviendo maniatada (en todo el sentido de la palabra “maniatada”) por culpa de las nuevas tecnologías. Aun a riesgo de resultar gilipollas, opino que el mundo se ha vuelto encadenado, ineficaz, lento y mucho menos libre que cuando no dependíamos de los PC’s y de internet para cualquier trámite o asunto. El mundo es un vertedero de insatisfacciones y ansiedades, gracias a las satisfacciones inmediatas que nos proporcionan las conexiones en red. Yo no me arrodillo para dejarme pervertir. ¿Dónde están las alternativas naturales y humanas?
No me extraña que cada vez más se marchen a vivir al Amazonas…
Con irritante frecuencia, el teléfono suena en los momentos menos oportunos y lo ignoro, dejo que su batería se agote y pasan días y hasta semanas sin que lo recargue…Hincharos, ¡venga!, a llamar a mi teléfono móvil, que lo tengo muerto de asco por ahí tirado y la mayoría del tiempo apagado o fuera de toda cobertura. Vuelvo a mis alegrías antediluvianas de leer buenos libros, a escuchar a los pajarillos cantar y mirar las flores crecer. Al traste con toda la tecnología: yo no sé ni usar el mando de la tele…¡Dioses con pies de barro! ¡Instrumentos de dominación y de control! Menuda tabarra de vida. ¡Que le den P.C. a los PC! Apareceré por aquí cuando me salga de las bolas y contestaré al teléfono Idem. Me cabrían más ejemplos de justificación para dejar claro que no le debo a nadie ni mi tiempo, ni mensajes ni comentarios, ni conversaciones por el p…móvil…Pero: tan sólo deseo, al escribir éstas líneas, perder un poco más de tiempo, para así ganarlo y ponerlo sobre aviso….Y es que para pasmo de los más modernos, camaleones e intelectuales –esperando ser disculpada no soy mujer de estos tiempos.

¿Una suerte de exilio voluntario? ¿La maldición de Steve Jobs y Bill Gates que cayó sobre nosotros? ¡Alabado sea Dios! El borreguismo es que es lo que tiene: que no cansa a los cansados de estar cansados. Todo por amor al arte. No. Por amor a la rutina. Pero la idiosincrasia del ser no depende de su estructura ni de su razonamiento, sino de una temporalidad imprevisible. La única verdad que podemos confirmar, es la emoción de cada instante. Con ello, no pretendo que nadie haga como yo, que vivo la vida de los detalles. Eso sería pedirle Olmos a las peras. (No, no lo he dicho al revés)… Pero estáis demasiado cerca de las estufas y de los asados de carne y os lleváis las ramas de los árboles y las flores al salón. Los campos de amapolas son echados de menos por una orquídea exótica.                                                                                                                   
En exilio están los campos de amapolas, los bosques y los pájaros que cantan, como las almas vuestras que ya no celebran fiestas con la Madre: señora Naturaleza.       
Dijo Antonio Gala: “Qué asco. Qué pena: el hombre para creer, imagina el misterio, lo recibe como una palpitante luz entre las manos, como una iridiscencia. Pero luego, para sentirse cómodo lo convierte en juguete: un espejuelo que reverbera con el sol y lanza a voluntad rayitos dirigibles.” 

La naturaleza, esa madre que tanto me conoce, nunca ha dejado para mí ser una misteriosa, pues no tiene las reacciones previsibles de mis congéneres. Por ella me salgo de mí misma y entro en lo que conjeturo.  Puede ella hablar sin que nadie la atienda: pero su voz permanece en los ecos infinitos.  Sin receptor, no hay sonido que valga. Así que voy a perder la vida afinando orejas.                                                                                  
Amor. Roma. Mora. Roma. Amor. Lo que es arriba es abajo. Nuestra Madre repite patrones, lo comprendí al observar. Todo lo tiene organizado y lo hace cíclico y redondo. Como las estaciones, así los mundos en los mundos. Y de tanto percatarme de la Madre, hallé al Padre sobre la punta de mi nariz.

La vida ni es manible ni es trivial. Valga la redundancia, lo son mis semejantes. Tampoco trato de echar cargos contra aquellos que me resultan adversos, pues tampoco es que me lo resulten. Sólo soy alguien que como muchos sufrió discriminaciones a razón de mi personal manera de ser. Alguien que sufrió pérdidas, iniquidades y dolores, como otros tantos. Pero he de decir que fue imprescindible que las experiencias pasadas me fueran dañinas y dolorosas; pues así he podido mantener abiertos los ojos a la vida. Solo así me pude convertir en alguien incapaz de descansar sobre gratos recuerdos que nos dejan inutilizados para el campo de batalla que es la realidad. Y por esa razón, es consustancial para mí tener la mente y la atención puestos constantemente sobre las conjeturas: leo en las letras, en los alientos y en el mecer de los árboles. Cuento nubes y las elevo al cuadrado. Huelo a las personas por debajo de sus perfumes para acercarme a sus tendencias. Veo caminar a los hombres y deduzco sus nombres de pila. Un cierto gesto y predigo sus pensamientos. Comprendí al observar que cada día el tiempo tiende a cambiar a las 11 de la mañana y, que en general, todo lo que es once conlleva un cambio. La vida entera se me va tras las conjeturas: no me detengo a mirar el contenido de las revistas para mujeres, no, yo las desentraño: me percato de que las dietas las ponen justo detrás de las secciones de moda sobre perchas tísicas de pellejo y hueso, tras eso algo de maquillaje imposible de quedar así de bien en nuestra jeta, y para cerrar la lectura, recetas de alta cocina que jamás nos saldrán con el esmero de tanto adorno. En resumen: nos sirven lo que deseamos sin ser cierto y que luego acusamos de engaño. Las novelas también llevan patrones semejantes:             
Calmacumbresexoamorcelosvicioescandalomuertevidadesenlace. Así todo seguido o revuelto.                                                                                                              
Los coches plateados los llevan los ahorradores. Los negros, los introvertidos. Los habladores son más mentirosos y los callados dicen verdades. Los mentirosos miran a la derecha y el sincero a la izquierda, porque ahí en su cerebro están sus recuerdos. Saco conclusiones hasta de una piedra. ¡Maldita malsana costumbre! Deseando estoy siempre, que quede dicho, estar equivocada. 

Qué bicho raro me ha tocado ser.     
                                                                                                                                    
Aún tengo en mente la reválida fémina que algunos quisieron antaño que para ellos fuera: una pizca de Virgen María con otra de un cuarto de puta, otro cuarto de santa y otro tanto de mujer soñada con el pelo estirado o encaracolado según la ocasión. Todo en uno y que fuera barato. A hacer gárgaras los envié y se fueron. Ya no cabe continuar engañándose. No hay cánones en mí que sirvan a los otros para tratar de engatusarme. Con la edad se me fueron los complejos de ser quién soy; la rara, raaara, rara. No más manos que osen enderezarme a fuerza de puñetazos. Me quedo siendo niña y me quedo siendo vieja. Y rara también. Exactamente como la madurez de los años que me marca. 

¿Y ahora qué queda a mi favor? La mayor tolerancia y respeto por los otros que lejos, muy lejos, ya no me tocan. Se ha hecho tarde y mi pequeño reducto personal de grandes interrogantes me absorbe, se amala y alía con esa Madre que me sostuvo todo el tiempo de la mano y que contesta a todas mis preguntas, que hace girar al mundo como un misterio precioso alrededor de todos nosotros. Y doy gracias por poder verlo con estos ojos de fisgona. Ignoro, como dije al principio, por qué razón la Gran Madre me hizo ser como soy, pero mi condición no conlleva más soledad que la de los otros. Tan sólo que difiere un poco en sus manifestaciones. Todo transcurre como ante un espejo de dos caras. Y en soledad sucede el encuentro más noble: conocerme a mí misma. Porque tan sólo existen dos grandes maestros que nos enseñan a acercarnos al mundo y a los demás: nuestro propio interior y la madre naturaleza. 

Sub umbra floreo: C.Bürk

Comentarios

  1. Muy buenas reflexiones. Yo también creo que no es buena tanta tecnología. Dependemos en general demasiado de ella y no es bueno tener dependencia de nada. Sobre todo los niños y adolescentes se pasan horas y horas hablando en las redes y luego en la realidad no juegan juntos entre ellos ni 5 minutos. Estamos perdiendo el contacto con la naturaleza y la realidad.

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    1. Así es, Víctor, que al final nos dominará lo que nos hace dependientes. Muchas veces me veo tentada de escapar de todo...Bien sabe Dios que al estar mucho tiempo sola, recurro a ésto, a internet y a la escritura. Pero como dices, el campo, unas horas ahí fuera, y todo mejora. No podría vivir sin salir a la naturaleza. Además anima mucho si estamos tristes, a mí me pasa que me mejora el ánimo...Un abrazo, gran amigo mío.

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