Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

La latas (Cuento de Navidad)





"La Latas" (Cuento de Navidad)

Suspiré de agotamiento al cruzar la calle. El viento gélido soplaba con saña esa tarde. Y por suerte, llevaba puesto un sombrero de fieltro con el que corneé el aire a duelo. Con un abrigo estrecho que me apretaba bajo los sobacos y un pantalón en iguales condiciones, traté de dar largas zancadas, sintiendo como los agujeros en mis calcetines hacían asomar los dedos de los pies desnudos, como narices impertinentes, en el interior de mis botas.                                                              
Esa noche, al emprender el camino a casa, me hallaba más muerto que vivo, de puro cansancio. Hundí las manos en los bolsillos y dejé que mis pies siguieran el ritmo que les había impuesto como si fueran dos plomos. Estaba deseando llegar lo antes posible a la parada de autobuses, pero sopesé la posibilidad de sentarme en uno de los bancos de madera cercanos, aunque fueran solo un par de minutos, al menos, para así respirar el aire frío con sosiego. Céfiro aliviador, que rompió a envolverme la cabeza.                                                          
 «Chsst chsst chsst»   

Desde su ondulada cercanía pareció susurrarme. Vino a gritarme la vida. Dejándome hundir, me fui percatando vagamente del paraje que atravesaba a pie cada día y ya durante tantos años, al cual me había acostumbrado tanto o más como a mi propia vida insulsa.                                        
 «Biiip. Biiip. Biiip.» El ávido alboroto del tráfico me hizo llegar remotamente los ásperos chillidos de unos cuervos. Negros como diáconos. Alrededor del gran estanque que quedaba cerca del centro, unos patos que siempre estaban allí, pero cuya existencia yo omitía, excepto en aquella tarde, parecían lamentarse en silencio al contemplar la escarcha que cubría por completo el lago.                                                                                                        «Guaaa. Guaaa. Guaaa.»                                                                                 

Desde los grandes almacenes, muy a lo lejos, sonaba un sobado villancico que pretendía atraer clientela a sus adentros. La gente iba y venía, se escuchaban sus murmullos, andaban con las bocas llenas de nombres y de fechas. Gente que se hablaba, sin nada que decirse.          
Allí estaban. Caminando calle abajo. Calle arriba. Sólidos. Señoriales. Confiados en sus diligencias. Comunes, ciegos, torpes ante la vida verdadera. Tanto como también lo era yo. Chocaban los unos con los otros sin ni tan siquiera rozarse, en el estrecho espacio de las aceras, mientras reprendían y hacían ruido para saberse vivos.              


«Hola. Soy amigo de fulanito. Soy tal de menganito. Soy eso. Soy lo otro. Soy y tengo.»                                                                                                                       

 Nadie que se atreviera a decir que no era nada. Gente con frío por fuera y con frío por dentro. Robustecida y sin tiempo que malgastar. Besos en la boca, entre parejas embutidas en abrigos de marca, boinas ladeadas; enrollados entre bufandas de lana virgen. Besos fríos. A mí los besos en la boca me los daba el aire frío.      
La edificación, colosal, que quedaba a la vista frente a mí, se alzaba en la semi oscuridad como una sombría ruina. Ventanas mirando a los hombres, a las calles. Ni la escarcha ni la nieve que estaba comenzando a caer tuvieron a bien conferirle una tregua a mi persistente melancolía. Las evidencias me rondaron los pensamientos y, cuanto más trataba de ignorarlas, más intensas volvían. La tierra hedía a soledad y ésta, tenía nombre de fiesta.                                               
 −Cada año la misma farsa −dije con cómica expresión en el rostro y dirigiéndome a los patos por si acaso podían entenderme. Hablaba contra un telón de fondo de impermeables y extraños, rostros a medio revelar detrás de impuestas sombras. Podía oír a esas sombras. Podía oír. Podía ver. Asimilando evidencias de un medio vivir de los otros. Los ojos se me cerraron. Me tapé los oídos. El mundo era una tumba alocada.                                                                                    −¿Acaso queda alguien en esta mísera orbe quién aún conoce el sentido de la Navidad? −me olvidé de mis prisas por llegar a casa dónde de todas formas nadie me esperaba y le murmuré aquellas palabras al helado viento con el peso de la ira y el desencanto en el pecho. Encendí un pitillo y soplé el mechero con un gesto ridículo como si de una cerilla se tratara. Luego, me senté en uno de los bancos roñosos y apoyé la cabeza entre las manos. Estaban frías, casi tanto como mi corazón. Una galería de siluetas anónimas y espectrales siguieron pasando a mi lado –otro tropel de gentes sin nombre− mientras dibujaban a su marcha virutas de vaho en el gélido aire. Besos. Besos. Y más palabras que hablaban al aire.                                                                                Unos copos de nieve se deslizaron por mi rostro al ver como una estrella navideña parpadeaba lejana. Y allí fueron mis ojos y los nombres inservibles, los números del mundo con toda su influencia. Las cosas insignificantes que significaban tanto para los otros. ¿Y no para mí? Deshonesto. Apático. Con las etiquetas del conformismo cosidos a mis pantalones. Adherido a mis zapatos con la fuerza neumática. Patán.                                                                                                  De súbito, el ambiente se llenó de olor a canela y clavos, como una ineluctable maldición.                                                                                                                              
 Me sobrecogí de pronto, al escuchar un estruendo metálico, como si chocaran entre sí hojalatas y fueran arrastradas. Algo se movía a mis espaldas, produciendo el desagradable tintineo disonante.                                                                               
Delirando dije. Pero al segundo de haber delirado, sentí algo rozarme el tobillo. Un gato negro de ojos enormes me miró desde abajo. Me agaché e hice ademán de espantarlo. No me gustaban los gatos. No me gustaban. Ahora sí. Al mismo tiempo escuché una voz a mis espaldas.                                                    
 Me volví y la vi.



***



 
El delirio. Una mujer. Vestía harapos y arrastraba un carro roñoso del cual pendían una media docena de latas oxidadas, anudadas con cuerdas a tal insólito carromato.                                                                                                                            
 −No se asuste −me espetó la señoruela, aparecida en sordina como un fantasma,  más contrariada de lo que yo mismo lo estaba. Al andar había armado tal jaleo que a dos manzanas se daba oídas. La vi contando monedas en la palma de su mano. Luego de eso, murmuró un «me tendrá que llegar toda la vida». Cada tantas palabras no pronunciadas, alzó la vista con ojos de liebre. Luego volvió a dar voz a sus pensamientos.    
                                                                               
 −Ese de ahí es mi gato, Serafín. Y esto de las latas es para que me escuchen venir. Ya han estado a punto de atropellarme varias veces y mis ojos ya no ven como lo hacían en otros tiempos. −La anciana callejera parecía estarse justificando ante mí. Por toda respuesta, me quedé mirándola con la boca abierta, con más de cien apostillas en la misma. Aquella vieja apuntaba maneras de espantapájaros: el cabello −si así podía llamarse− asomaba enmarañado y sucio por debajo de un sombrero de paja. Su rostro estaba mugriento y surcado por docenas, ¡qué digo!, cientos de arrugas que caían como una cascada desde la frente al mentón. Llevaba sus siglos bien visibles, tatuados en el rostro. Siglos olvidados por la vida, insolentes, años perdidos quizás, sin sentido. Con toda seguridad había sobrepasado su sexagésimo aniversario. Sus dos ojos verdes me penetraban hasta llegar al ánima, mientras estiró el brazo y me alargó una botella cuya etiqueta se desprendía a jirones. Llevaba varias bolsas de plástico atadas a la cintura, las que seguramente le harían la vez de asiento, o de cobertizo, y según la ocasión improvisarían una casa cerca del contenedor de la basura, un hogar sin puertas ni ventanas, ni llaves en el llavero.                                                                                      
 ¿De veras está usted convencido de que todo no es más que una mentira? –Habló, hurtando su rostro a mi inspección. Ahora comprendí que no tan sólo fue el viento ni los patos que me habían escuchado hablar a solas. Vi la claridad con que la mujer fingía encogiéndose los hombros para que yo no le advirtiera el alma sobre la lengua, entre los dientes.                                                                                            
−¡Tenga! Tome un trago de esto. Sabe a canela como la Navidad misma y calienta la tripa y las ideas. Mi oficio es vaciar muchas de esasA menudo las mejores cosas de la vida, como este delicioso licor, se encuentran en la basura, abandonadas por alguien que ya no las necesita o no ha reparado en necesitarlas.− Una ley de silencio y miradas que preferí desviar delineaban mi respuesta y la noche recién iniciada.                      
 −No se moleste, no bebo −le espeté al fin con el regusto estéril que producen las palabras forzadas. Nadie hablaba con aquellos que prefería ignorar. ¿Por qué razón yo lo estaba haciendo?                                                                                                                     
Como si adivinara mis cavilaciones, la vieja batió en retirada su mano, engalanada con una especie de guante al uso por los jardineros, me miró de nuevo y dijo: −Hay épocas y ocasiones en las cuales no ser nadie puede resultar ser muchísimo más honorable y necesario que ser alguien −al hablar arrastraba los mocos hacía arriba con su nariz ganchuda− ¿Puedo preguntarle a qué se dedica, caballero? −ésta vez al inquirir, se hizo un hueco a mi lado sobre el helado banco de madera, sin esperar a ser invitada a tal asunto −. Apuesto a que es usted empresario. Huele a colonia cara, de fresno y sándalo, sustancias de abundante circulación en esos ambientes. −Me espetó aquello, bien segura de su argumento.                                                                         
Bajé los ojos y me callé. Aquella mujeruca debía ser adivina o bruja tal vez. A punto estuve de pedirle una goma para borrar de la vida los minutos. ¿Dije algo?                −Alois Herzrein. Es un curioso nombre para un acaudalado. No va nada con su oficio. −Ahora me percataba del acento alemán de la vieja, que hizo declinar a la punta roma de su nariz al hablar. También admiré lo bien que había pronunciado mi apellido. Pero más aun me sorprendió que conociera mi nombre. Escruté su rostro de endivia que dónde éste no era blanco, era verde.                                                                                          
De nuevo adivinando mi pensamiento, la mendiga se deshizo de uno de sus guantes y señaló la tarjeta de identificación que yo siempre me ponía para las visitas y aun prendía de una de mis solapas. Había olvidado nuevamente quitármela. Me percaté de la mirada de la vieja. Sus ojos escocían sobre los míos. Sin embargo estaban vacíos, sin fondo, y al unísono, plenos de vida. Entonces acercó de nuevo su mano y me acarició la cara.                                                                                                                            
La retiré de inmediato, a punto de saltar.                                                            
 −No se asuste, por favor, no lo haga. Hace tanto tiempo…¡Tanto tiempo…! −balbuceó. Y me guiñó un ojo. Un guiño triste, demasiado largo, que deformó sus muecas e hizo llenarle los ojos de húmedos brillos. Todo en ella era emoción contenida y ésta no tenía norma fija para ser 
expresada. Me faltó valor para preguntarla por qué lloraba.                                                                                                                              
De pronto unas voces reclamaban nuestra atención. Eran las exclamaciones de un joven con el rostro y las orejas agujereados por una docena de piercings y el pelo rapado. Éste se acercó amenazante y dio una patada al carrito con latas, ladeando sus botas con punteras de hierro, mientras escupió al suelo y se remangó. Visibles quedaban, una filera de tatuajes que le llegaban hasta los dedos.                                       
−Menuda mierda de ciudad que fomenta el vicio y la holgazanería. Los que son como usted tendrían que estar muertos todos, vieja asquerosa. Vergüenza le tendría que dar molestar a los peatones. −El chico bramaba, con los ojos encendidos. Don pimpón, compañero de lechuzas y de diablos.                                                                                             
−Y usted −ahora se giró hacia mí, con la mirada que tienen los pecadores −si la atiende por pena, sepa que no es caridad sino despilfarro, complicidad con los que permiten que ellos ronden por aquí llenándolo todo de mierda. Y además…−Fuera de mí, me levanté de mi asiento y no dejé que acabara. A su vez, él se alejó dos metros a largos trancos. El muy gallina.                                                                                
 −¡Lárgate de aquí ahora mismo si no quieres que sea a ti a quién te pateen el culo! −Desafié al mocoso con la mirada, hablando atropelladamente, pero con una voz que se hundía en los huesos. Con el rostro rojo de la ira, la boca apretada. Yo, cobarde de profesión, de pronto me vi defendiendo a una vieja chiflada que no me importaba lo suficiente como para hacer nada. Y viendo como ésta nos observó, callada, de hito en hito, la cólera del mocoso quedó amortiguada al poco. La vieja que le había echado diestramente la zancadilla desde su asiento, lo tumbó en tierra nevada boca arriba, habiendo caído como un saco, alzándose al poco presuroso, y precipitándose a levantar la mano, quiso lanzarse en busca de la mujer. El mocosuelo, de pie, la diestra en alto, los ojos inyectados de sangre, purpúrea la convulsa faz, se detuvo entonces, con acento de una sonoridad extraña, el fatal anatema:                                                                   
−¡Maldita seas, hija de puta!                                                                                              
Al advertirlo el minino, este dio un brinco como para espantarlo, y el frenético bruto, desviado por aquel gesto felino, saltó oblicuamente, yendo a chocar con su cabeza con la vara superior del banco. Retembló la tierra con el nuevo golpe pero el otro se levantó enseguida, humillado. Desdobló las mangas de su cazadora de aviador, levantó un dedo del puño, nos lo mostró, gritando “volveré a por ti, pedazo de mierda” y se marchó al fin por dónde vino. Me quedé aliviado y con la esperanza de que yo no era, al fin y al cabo, el más cobarde de todos los hombres. Sin embargo, aquella mujeruca no andaba necesitada de salvadores, se las apañaba muy bien sola.                                   
¿Holgazanería? ¿Vicio? ¿Desengaño? Ni yo ni aquel desalmado; nadie sabíamos de la razones, de los motivos ni de las vergüenzas de aquella mujer. Hacía tan solo unos pocos minutos, yo también la había despreciado, a punto de irme sin quererla advertir, aturdido. Pero a veces, unos pocos minutos, cambiaban las casacas de las almas. Cómo deseé ahora despreciar a aquel desgraciado. Sin embargo, no fui capaz. La compasión me había agarrado con brazos largos y no quiso soltarme. Por primera vez desde hacía muchísimos años, sentí encendérseme el corazón.                                                        Advertí como ella me miraba de reojo. Sus pupilas corneando a las mías. A la escena se unían las gentes a lo lejos, deslizándose como intrusos a lo sacro. Las caras sin rasgos. Se oyó el escape de un vehículo impaciente. Y más caras. Los ojos sólo los poseía ella.                                                                                                                             
−Es usted “Von Herzen rein”, Alois. ¿Sabe lo que significa su apellido? −Habló con la vista perdida en el tráfico cercano.                                                                           
−Es “Herzrein”. −Mi voz sonó mordaz, casi hostil sin pretenderlo.                            
−Ya lo sé, señor, conozco bien el alemán y el significado de su apellido. Huí hace muchos años a este lugar. A muchos judíos alemanes no nos quedó más remedio que marcharnos a Estados Unidos. O eso, o ya sabe dónde nos daban morada. −Sentí el aliento frío del viento en la cara al escucharla hablar. El viento ya no lanzaba más besos. Mi boca se secó.                                                                                                           
−Herzrein significa pureza de corazón. Yo también llegué aquí hace muchos años, abandonado por mis padres. Supongo que por ello siempre he estado solo, por temor a ser dejado. Y si le digo la verdad, hasta este momento no le he hecho demasiados honores a mi apellido. −Arrastré las palabras. Apreté los dedos contra mi boca, conmovido y triste, intentando disimular mi estado. Vi los ojos de la vieja, orlados por un verde intenso. Agaché la cabeza y di un paso hacia la oscuridad, enmarañado en una nube de reserva −es tarde, debería marcharme si no quiero perder el último autobús a casa.                                                                                                                                            
La voz de la mujeruca repitió mi nombre y luego mi apellido, para ser exacto, dos veces.
Cuando no la veías, aquella era la voz de un ángel.
Me volví para mirarla. Entonces vi un gesto de dolor encenderse en su rostro y nuevas lágrimas se hicieron presentes con tibieza en sus mejillas.                                                    
 −El destino es como un niño que juega con nuestras vidas −me dijo tratando de disimular el temblor de sus manos a causa del frío que se hubo intensificado. O tal vez no fuera ese el motivo−.y cuando se cansa de jugar, nos olvida en las esquinas del mundo −concluyó, acariciando el lomo del gato, del cual en la noche sólo se advirtieron sus dos ojos verdes, como plenilunios. Los suyos propios, empero, entintados en algo más que un verde. Los labios de color cal. Las muecas amargas.                                                          
−Volveré por aquí mañana −le prometí a la mujer, sabiendo que a menudo no cumplía con mis promesas −.Tenga, para pasar la noche y la semana −le tendí un billete de quinientos, pero ella negó con la cabeza.                                                                       
−Mejor vuelva pronto, Alois −me dijo sin mirar atrás, con intensidad repentina, velada, mientras fue enfilándose  hacía la oscuridad con el gato en brazos y el estruendo de las latas dando golpetazos en la noche.         
***
Durante los días que le siguieron a aquellos sucesos, no volví a verla. La tarde del veinticuatro de diciembre, tras salir de la oficina y emprender el camino de regreso a casa, las calles eran un espejismo de luces y jolgorio navideño. Un laberinto de espíritus de la navidad que se te imponían a la fuerza, duendes de melancolía transitando a mis espaldas. Caminé decidido, como de costumbre y entonces aquella vieja me vino a la cabeza. ¿Qué haría esa noche? Ambos estaríamos solos en Nochebuena. Yo lo estaba prácticamente cada año. ¿Y ella? La voz de un diminuto niño pasando a mi vera, me condenó por encima del tintineo conciliador de las luces navideñas. Noté cómo hube enrojecido en el embarazo de fingir la ocultación de mis pensamientos.                                                                                           
Apreté el paso, pues secretamente no deseaba que la vieja apareciera. Me habría sentido culpable al no ser capaz de ofrecerle acogida al menos esa noche. Pues sé que no lo habría hecho. Pero el saber era falso, el deseo y todas las certezas que yo tenía lo eran. Tal vez, contra toda causa, habría corrido tras ella a lo largo de las calles, a través del aire manchado de alquitrán.  Busqué a tientas entre los arbustos, que temblaban como agua, como si las lágrimas de mi infancia hubieran corrido tras de mí, para ganarme la carrera y volver a mis ojos.                                                 Repentinamente, escuché maullidos de gato. Venían de lejos, acompañados entre los copos de nieve que caían del cielo y que danzaban sobre los árboles y sus ramas. El maullido felino se intensificó y pude ver a un gato negro sentado frente a un contenedor de basura, aullando como un lobo. Chorreando atención. Clamándole al cielo.                
Rehíce mis pasos hasta alcanzarlo en la otra cera. Pronto puede ver con claridad que se trataba del mismo gato que había acompañado aquella tarde a la vieja chiflada. Sus eufonías eran desesperadas. El himno del luto. El gato parecía muy nervioso y no paraba de saltar y arañar el contenedor de basuras. Me disponía a auparle con la intención de tranquilizarlo, cuando había creído presenciar unas extrañas y malévolas carcajadas.                                                                                                                             «Jajaja.»                                                                                                                      
Sentí unas pupilas infernales posarse sobre las mías. Al poco, me pareció ver alejarse una sombra alargada y afilada, fuliginosa y amenazante. No pude discernir si tan solo lo estaba imaginando. El gato me miraba con desesperación y no dejaba de darse cabezazos contra el maloliente depositario. Yo estaba confuso, callado y con el ánima metida en el bolsillo. ¡Cuán insólito comportamiento tuvo ese minino!  −¿Dónde está tu dueña, Serafín? −Inquirí en voz alta, sabiendo que el gato no podría contestarme. ¿O tal vez sí? A veces, por el mundo había voces más humanas que la de los hombres.                                                                                                                
El minino al momento, emergió a la claridad de un farol, tomó carrerilla y de un salto subió al contenedor, dándole insistentemente con la zarpa a la maneta de apertura. Lo miré atónito. Quiso la providencia que en ese momento estuviera allí y que se me ocurriera levantar la tapa de la cubeta de basuras.      
***
En el terror de mi sospecha, pude verla al contraluz, su silueta quebrada semejaba al tronco de un árbol destrozado por un rayo. Tenía la mirada fija, congelada, mate, la boca abierta y el rostro ensangrentado. Tendida de espaldas, yacía la vagabunda con el pecho abierto, desangrándose por una aterradora herida. A su lado, sostenido sobre sus patas traseras, se hallaba el felino contemplando la sangrienta entraña. Le habían rasgado las mejillas y la ropa a cuchilladas. Sentí que el corazón se me detenía y un nudo pavoroso me atenazaba la garganta. La zarandeé. Ni siquiera conocía su nombre, ahora me estaba concienciando de eso.                                                                                   
−¿Está usted bien? ¡Por favor, despierte,…! ¡Despierte! −Un hilillo de sangre salió de entre los labios de aquella mártir y dibujó una estela púrpura camino a su garganta. Me quedé petrificado, anclado en el asfalto, como si llevara zapatos de plomo.                   
−¡Ayuda, por favor, que alguien la ayude!                                                    
Curiosos e entrometidos se acercaron al instante, cuchichearon, pero nadie hizo nada. Procesión fúnebre sin resonancia, dejando tras de sí murmullos, colillas de cigarro y papeles arrugados.                                                                                                            
Al cabo de una media hora, se escucharon las sirenas de una ambulancia y para cuando esta se hubo detenido en el escenario, yo me había deslizado hacía el suelo, temblando de impotencia, reducido a la nada por la fuerza de aquella dantesca visión al mirar de frente a la magullada mujer, cincelada para siempre en mi corazón. Los copos de nieve caían muertos de las alturas. Y el alma de la vagabunda con toda seguridad se había elevado hacía las alturas dónde sólo podía hallar la paz. Por fin ella iba a estar a salvo de la gente despiadada, para siempre. Ya no hubo nada que hacer. Se había marchado rumbo al cielo. Vi en torno a mí a un mundo al que nada le importaba la suerte de aquella vieja insignificante. Un mundo en el cual su existencia había sido una simple gota de agua entre las olas. Un mundo, del cual yo también había formado parte. Y ese mundo se había sumido en un pozo de oscuridad. En plena Nochebuena. Con el gato Serafín bajo mi brazo, solo se me ocurrió un lugar al que acudir a llorarla en silencio.                                                                                                                         
El eco lejano de un timbrazo insistente me arrancó de un mundo de estrellas danzantes y espectros apaciguadores. Había estado tratando de conciliar el sueño cuando esos repentinos timbrazos me arrancaron de mi retiro. El sonido llegó varias veces, con insistencia. Recogí mis lentes de la mesita de noche y bajé hasta la puerta. Alguien ahora estaba golpeando con los nudillos en la ventana y reconocí a un agente de la Policía al otro lado del cristal. Al instante sentí un escalofrío. Observé mi rostro en el espejo del recibidor: un desastre. Todo mi ser, un nido de negros cuervos gárrulos.     
−Buenas noches, señor Herzrein. Tal vez no sea un buen momento, dado que es Nochebuena, pero… dijo el agente, acentuando debidamente y ocultando matices.                   −Pase, por favor, no importa. −Le indiqué al Policía mientras nuestras miradas se cruzaron y el hombre se quitó la gorra. Tragué saliva y le sonreí cálidamente, bajé la mirada y le indiqué con un gesto que tomara asiento.                                                   
−Usted dirá, Agente.                                                                                                            
El hombretón de cabellos blancos, muy blancos, se rascó la cabeza mientras buscó en sí las palabras de ocasión, aferrándose con los dedos a los bordes se su gorra reglamentaria.                                                                                                                                  
−Verá, la señora que usted ha encontrado hoy muerta en el contenedor…No sé cómo decírselo. Será mejor que lo vea usted mismo… −El hombre parecía debatirse entre un acelerado nerviosismo y la serenidad −. Debe saber que no estoy muy versado con los asuntos de este tipo. Al hijo de perra que lo hizo ya lo hemos cogido y ha confesado. Ya sabe como son estos tipos; aún se creen que estamos en el Tercer Reich… −El murmullo de la radio encendida en el dormitorio apenas enmascaraba a esas palabras plomadas. Comprendí que aquel extraño era portador de una noticia insólita. Algo indefinible, una presencia invisible pareció impregnar cada giro de su voz. El hombre se desabrochó el bolsillo de la chaqueta de su impecable uniforme, extrajo un papel doblado y me lo tendió.                                                                                            
Tímidamente, lo tomé entre mis dedos. Temblaban como frágiles mariposas.        
−Léalo, por favor. Será mejor que también usted tome asiento. Lo hemos encontrado en el abrigo de la señora. El papel está impregnado de sangre, pero podrá leerlo, tranquilo. –Alargó aquel informador  su brazo y palmeó mi hombro reiteradas veces. 
***
                                                                                                                       
Sentado y reclinado contra la pared, comencé a leer.

Para Alois Herzrein de parte de su madre.

Querido Alois,
Escribo esta carta con el convencimiento y la ilusión de que algún día sepas perdonarme. Esa misma ilusión me lleva a creer que podrás, si Dios quiere, aceptarme de nuevo en tu vida. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi. Eras muy pequeño. Pero finalmente sucedió el milagro de volverte a encontrar y eso fue la pasada semana. No reuní el valor ese día para decírtelo. No era el momento. Estabas muy tenso y cansado a causa de tu trabajo. Pero hoy, que es Nochebuena, he decidido encaminarme hasta tu casa para dejarte esta carta a un toque de timbre.
Comprendo que serán muchas tus preguntas al leer estas palabras y espero poderte contestar a muchas de ellas en persona, si tú me dejas, pese a que mi lucidez tenga los días contados. Comprendo que albergarás algunas sospechas acerca de mí. Mi alma se condenó por cada día en el que no te tuve cerca. Sin embargo, durante todos estos años he sabido dónde encontrarte, pero me faltó valor, amado hijo; no hay nadie más cobarde que yo, tu madre, en este mundo. Hoy te lo confieso.
He guardado tu existencia como el más valioso de todos los tesoros en mi corazón. Las razones de mi silencio y mi perenne ausencia en tu vida hasta hoy, me son difíciles de explicar. Imagino que quise ahorrarte la vergüenza. Cuando llegué aquí huyendo de los Nazis, tu padre ya estaba muerto y a mí me seguían persiguiendo, por esa razón te dejé a las puertas de un hospital, rompí mi cartilla de identidad y me eché a la calle. A nadie le puedo ocultar que estando en el exilio y siendo olvidada por todo el mundo, las puertas de ese mismo mundo, siempre extranjero de un modo u otro, se me hayan cerrado por completo. Y he temido este día como al mismo infierno, temido por temor a tu rechazo. Pero quiero que hoy comprendas que durante todo este tiempo de oscuridad, tu existencia, tu recuerdo, fueron la llama que me mantuvo viva. Tú has sido la fuerza que me hizo sobrevivir a todo. El otro día me miraste a los ojos, pero no me viste. Tienes mis mismos ojos, hijo.
Quise evaporarme tras haber tocado tu rostro esa vez, ¡te sentí tan abrumado! ¡Perdóname, hijo! ¡Perdóname!
Hace años, en los peores días de mi vida, tuve un sueño. En él, volvía junto a ti, los dos sentados bajo un abeto de Navidad, mientras cantaban los ángeles y todo se llenó de luz y de paz. Todo era como antes, en casa: el fuego de la chimenea, Papá que estaba con nosotros, tu sonrisa. Todo menos tú y yo, tú tenías el pelo cano y yo llevaba media docena de latas oxidadas al tobillo. Pero estábamos juntos, hijo. Juntos
Si algún día querrás perdonarme mi abandono y sientas que el fuego del rencor se haya apagado en tu interior, recuerda que en todas las historias, en la mía, en la tuya y en la de todos los hombres hubo secretos, hubo dolores, pero también buenos motivos para celebrar unas Navidades con la promesa del Amor y de que todo está bien como está porque Dios conoce todas las respuestas.
Desde la pureza de mi corazón hacía el tuyo,
desde el infierno de la culpa, hacía tu cielo, con todo el amor que soy capaz de sentir y dar por ti,
Te quiere infinitamente,
“La latas”, tu madre, aunque si lo prefieres firmaré con mi nombre:
Amelie Herzrein.
                                                                                                                 
Pasé una eternidad releyendo aquella carta, sobre líneas y entre ellas, catalogando impresiones, conteniendo emociones imposibles de repetir, obviando todos los cadáveres escondidos en los armarios del tiempo, llenos mis ojos a rebosar de unas lágrimas que me quemaban. Todo por lo que merecía la pena seguir respirando estaba entre aquellas líneas sobre papel y sangre seca. Todo lo que me quedaba era el tiempo que robé a Dios para que mi madre se detuviera sobre mi rostro con una caricia eterna. Todo por cuanto quise seguir viviendo era el Amor que esperaba dar al salir de regreso a mi vida diaria.                                                                                                                          
 El Policía me miró como quién mira a un perro apaleado, de pie, un largo rato en silencio con los párpados apretados para contener el llanto.                                              
 Entorné mi vista hacía el hombre, mientras musité unas palabras, como en trance:                                                                                                                                
 −¿Sabe? Tal y como lo dijo cierto escritor, hay sombras en el mundo, sombras que esparce el destino mientras juega inocente como un niño, sombras que vienen desde dentro de cada uno de nosotros. Ahora me alegro que mi madre ya no pueda verlas más. Desde hoy sé, que no sé cuando, pero para todos llegará un gran momento, también será así para mi madre, sin más sombras en los caminos. Algún día, los pies de todos nosotros, los pies de los buenos y los menos buenos, saldrán de los rincones impuestos y caminarán a la casa inmensa de techos perennes. Desde hoy, ¡lo juro por Dios!, cada día será Nochebuena en mi mundo y nunca más negaré el sentido de la Navidad, pues mi madre sabía que pronto iba a conocer su significado. Nunca más. Jamás, negaré la ayuda a nadie. Ni a buenos ni a malos. Todos saldremos, tarde o temprano, de la estación de nuestro tren¿Y sabe algo más? A menudo las mejores cosas las encontramos abandonadas en la basura. Pero la basura de unos es el mayor tesoro para otros.... −Cogí a Serafín en brazos y lo acerqué a mí con fuerza mientras lloré amargamente como un niño; como aquel niño que había sido y del cual me había querido olvidar hasta ese mismo instante, por jugar al juego equivocado de los adultos.

*Dedicado a todas las personas que a diario duermen en las calles y luchan por sobrevivir. A las amables almas que duermen bajo el techo de las estrellas en Sants Estación y de todo el mundo. Gracias por poder veros sonreír un poco. Nunca vi nada más bello...

Sub umbra floreo:
Claudia Bürk

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