Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Todo sueño.



Todo sueño.

Aturdida por un sueño que cada noche me atormenta con la misma intensidad, me despierto sonámbula con el alba, rota en dos. Escasa es la luz que lucha, por poder entrar por la rendija de mi ventana y que hace brillar un crucifijo que cuelga del cabezal de mi cama y preside mis pesadillas.
El resto de la habitación mantiene su lucha particular con la luz del ocaso, con mis temores y con el tiempo.
Las paredes parecen hablar y escucho el murmullo de tu voz, entre risas.
El tiempo queda detenido, haciéndome recordar que crecí con el corazón oprimido, intentando hallar una mitad en mí que quedó vacía por siempre y que con cada mordisco de vida, con cada bocanada de dolor, con cada ladrido de ausencias, se hizo lobo en mi interior, mientras esperaba ver una sombra, al menos, que me consolara.

De pronto veo porqué te necesito, porqué me daba por escribirte a mitad de la noche, sabiendo lo lejos que te hallabas de mi esencia, que quizás no comprendías, que quizás tan solo te cegaba con brillos equivocados, desde muy muy lejos.
Esta noche miro al cielo, y entre los claros, entre la absoluta quietud del firmamento, veo brillar dos estrellas y muy dentro de las mismas tus ojos, que me miran sin verme y a los que aquí en secreto, les describo cada parte de tu ser que ya conjeturé con un mínimo margen de error.
Ruego a Dios que te encuentre, que te comprenda como yo deseo hacerlo y que como yo, finalmente te halle.

Los negros y obscuros ojos del universo me miran apenados, confundiéndome con una estrella fugaz, cuyo paso tan solo es un parpadeo en la inmensidad del espacio, mientras una blanca rosa marchita sin remedio al son de mi propia vida, mientras estalla en la nada y emprende otro destino, junto al intenso deseo por verte feliz.

Porque tanta belleza no es real. Y tanto amor no puede ser nombrado.

No estas aquí, te dejé solo en la noche, mientras mi coche se alejó de tu esencia y mi alma calló las hondas respuestas que no supiste darme.
Una llave giró entre mis tendones, tensando mis venas, retorciéndome el alma, arrancando de raíz mi alegría.
Entonces tu ausencia me llegó hasta la punta de mi pie, hundiendo el acelerador hasta el fondo, transformando mi sangre en mercurio, armando la fiesta de mi alma en llanto.

El viento entornó entonces sus remolinos de sed y de cansancio, con silbidos quejosos que quedaban mirándote hondamente a lo lejos, para fatigarme con tu ausencia las esperanzas.
Y descubro, amor, que cuando no estás, me pierdo contigo.

C.Bürk

Comentarios

  1. ... me pierdo porque no recuerdo aquel trato que hicimos antes de llegar a ser otros seres imprecisos de los que en realidad éramos, cuando aún las estrellas no eran las mismas, cuando el Sol quizá ni siquiera tuvo que ver con nosotros....
    Besos, Claudia, precioso como siempre
    (Mj)

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